Marcha por Silvia Suppo ¡Esclarecimiento y Justicia!

jueves, 16 de agosto de 2012

Continúa juicio contra represor acusado de amenazas

El juicio que se realiza en Santa Fe contra el ex personal civil de inteligencia Juan José Luis Gil, acusado de amenazar a investigadores en una causa por delitos de lesa humanidad, continuará mañana con la declaración de una representante de Yahoo Argentina, dijeron hoy voceros judiciales.

Se trata de Jacqueline Berzón, a quien el Tribunal Oral Federal pretende interrogar sobre la cuenta de correo electrónico atribuida al acusado y que fue utilizada para amenazar a personas vinculadas a la investigación de delitos de lesa humanidad.

Por otra parte, trascendió que la sentencia se leerá entre el 23 y el 24 de agosto, es decir con una semana de retraso, ya que según el cronograma original trazado por el Tribunal Oral, integrado por María Ivon Vella, José Escobar Cello y Otmar Paulucci, la lectura estaba prevista para el 17 de agosto.

Gil, de 67 años, está siendo juzgado por los delitos de "amenazas y coacciones agravadas", que tienen una pena prevista que va de los cinco a los diez años de prisión.

El ex policía está acusado de haber amenazado mediante correos electrónicos a funcionarios judiciales, querellantes y otras personas vinculadas a la denominada Causa 50 "Base Aérea", que investiga los delitos de la represión ilegal en Reconquista.

En las últimas audiencias declararon la directora del Profesorado 4 de Reconquista, Silvia Gauna; la periodista Mariela Cabás, Alejandro Córdoba y Angélica Pirani.

En ese sentido, allegados a la querella aclararon que el acusado "nunca dio clases en el Instituto de Formación Docente de Reconquista", sino que se desempeñó como profesor de la Escuela de Enseñanza Media 203 y de la Escuela de Enseñanza Media para Adultos número 1020, en la que además fue vicedirector".

También declararon los oficiales de la Policía de Seguridad Aeroportuaria Marcelo Pultera y Fernando Telpuk.

Ambos narraron lo sucedido en un allanamiento realizado en el domicilio de Gil, en octubre de 2009, en el que efectuó amenazas contra Telpuk.

También se escucharon los testimonios de José Cofre Villagra (testigo del allanamiento y vecino del imputado), Facundo Ramírez (experto informático de la Policía Aeroportuaria) y Martín Posatieris (aeroportuario).

Gil fue procesado en diciembre de 2009 por el juez federal de Reconquista Mario Alurralde, por los delitos de "amenazas y coacciones agravadas", luego de dar por probado que algunos mails salieron desde la conexión de la empresa Arnet a nombre del acusado.

Gil niega haber creado la cuenta de correo (negritovega16@yahoo.com.ar) de la que partieron las amenazas.

Mediante los correos, firmados por una presunta organización secreta llamada "La hermandad", se hacía alusión a una "causa armada" por la Fiscalía, y se amenazaba con "ejecutar" a los fiscales José Ignacio Candioti y Salum, y al abogado Gabriel Hernández.

domingo, 12 de agosto de 2012

Juicio San Nicolás : Memorias con nombre propio

Cada juicio por delitos de lesa humanidad es la ventana a nuevas historias dramáticas, pero también heroicas, con nombres propios. ¿Por qué seguir asistiendo a esas audiencias cuando es conocido el modus operandi y la inconcebible crueldad del terrorismo de Estado? Para que la memoria tenga rasgos particulares, que hable de las personas.

 Por Sonia Tessa

En el preciso instante en que Adriana Alvira empezó a contar su historia, la desaparición de sus hermanas María Cristina y Raquel, secuestradas junto a Horacio Martínez el 5 de mayo de 1977 en su casa de Alvear 1519 en San Nicolás; el valor del juicio que se desarrolla por delitos de lesa humanidad en esa ciudad, a cargo del Tribunal Oral Federal número 2 de Rosario, volvió a agigantarse. Como cada vez que un testigo cuenta lo vivido. En la causa Alvira, que juzga la desaparición de seis personas, el acusado es Manuel Fernando Saint Amant, que fue jefe del Area 132 del Comando del Primer Cuerpo de Ejército. No sólo se trata del estado argentino juzgando a quienes cometieron los crímenes en su nombre, sino también de la tardía reparación de cada historia particular, de cada resistencia. Pero además, los juicios todavía permiten avanzar en la investigación: la declaración de una vecina de María Rosa Baronio y Eduardo Reale, otros dos desaparecidos de la misma causa Alvira, permitirá investigar a otro militar, de apellido Poncio, que -según dijo-, participó del operativo (ver aparte). El juicio muestra además, la "generosidad" (según palabras del propio fiscal Juan Patricio Murray) del juez de instrucción Carlos Villafuerte Ruso, que sobreseyó, entre otros, al suboficial Roberto Nilson Suárez, quien -llamado como testigo- se contradijo hasta exasperar a los presentes. "Llegamos al juicio oral con muchos menos imputados de los que se podía llegar. Con los tres casos pasó lo mismo. El juez nunca investigó y también sobreseyó pese a contar con pruebas. Villafuerte Ruso dejó explícita su opinión sobre los hechos, pese a que no correspondía, y todos esos problemas que tuvimos en la causa hoy se expresan en el juicio oral y público", expresó Ana Oberlin, abogada de Hijos y de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.

El juicio continúa este martes, desde las 9.30, en los Tribunales Federales de Rosario, con la declaración del abogado santafesino Jorge Pedraza. Acumula tres causas: la caratulada Alvira, donde se juzga la desaparición de las hermanas Raquel y María Cristina Alvira, Horacio Martínez, Rosa Baronio, Eduardo Reale y María Regina Spotti. En este expediente también se trata la sustracción ilegal de Fernando Alvira, hijo de María Cristina y Martínez, como así también de los dos niños de Spotti, Víctor y Martín Almada. La otra causa es por la masacre de la calle Juan B. Justo, ocurrida el 19 de noviembre de 1976, donde un operativo conjunto mató a Ana del Carmen Granada, Omar Amestoy, Ana María Fettolini y los niños Fernando y María Eugenia Amestoy, de tres y cinco años. En esta causa, además de Saint Amant están imputados el ex jefe de la policía federal de San Nicolás, Jorge Muñoz, y el militar retirado Antonio Bossie, que integraba la plana mayor del Area 132. El martes 21 de agosto comenzarán los testigos de esta causa, todos declararán en San Nicolás, adonde volverá a constituirse el Tribunal integrado por Beatriz Caballero de Baravani, Jorge Venegas Echagüe y Omar Digerónimo. Se espera que el primero sea Manuel Gonçalves Granada, el único sobreviviente de la masacre, que tenía cinco meses cuando su madre fue asesinada. Antes, ella lo escondió en un placard, dentro del moisés, envuelto en un colchón, para protegerlo de las balas y los gases lacrimógenos. La tercera causa es por el secuestro de José Emilio Mastroberardino, propietario de la casa que alquilaban Spotti y su marido, Víctor Almada, quien logró escapar cuando llegaba a su casa. A Mastroberardino lo tuvieron una semana detenido ilegalmente, por haberles alquilado la casa a los Almada.

Cada juicio es además, como dijo Ingrid Schetgel, militante de Hijos y maestra, "una fenomenal enseñanza sobre la dictadura". La suspensión del estado de derecho queda patente en los relatos. Por ejemplo, el de María Inés Albuerno, vecina de la pareja que integraban Baronio y Reale. Esa mujer se preguntó, cuando vio cómo se llevaban a la joven en un auto, si "nadie podía hacer nada". Y decidió hacer lo que consideró correcto: avisar a la policía. La mujer no sabía que esa fuerza era parte de la maquinaria del terror. Por eso, desde el Espacio Juicio y Castigo convocan a asistir a los juicios, tras un trámite sencillo: la presentación de una fotocopia del documento nacional de identidad. Se trata de una historia que es presente.

* Al hall del Concejo Municipal de San Nicolás llegó Susana Lagorio en busca de Manuel Gonçalves Granada, el martes, el primer día que el juicio se hizo en esa ciudad. A Susana los ojos se le llenaron de lágrimas una y otra vez desde el momento en que pudo ver de nuevo a aquel bebé que tuvo en brazos hace 35 años, en el hospital San Felipe, en la habitación a la que habían confinado al único sobreviviente de la masacre de la calle Juan B. Justo. En la madrugada del 19 de noviembre de 1976, a ese centro de salud llegaron tres cadáveres de personas adultas. Y tres niños. Manuel tenía cinco meses, estaba en su moisés, con las vías respiratorias afectadas por los gases lacrimógenos. Fernando Amestoy, de 3 años, llegó asfixiado y murió en pocos minutos. María Eugenia, de cinco, pudo decir su nombre. La niña tenía una colita en el pelo, recuerda Lagorio, y sobrevivió algunas horas. El bebé, en cambio, vivió, solo, durante cuatro meses, en una habitación separada del resto de los niños internados en el hospital de agudos. Sólo la familia del policía Ricardi estaba autorizada para verlo.

Las enfermeras, las mucamas del hospital, sólo podían entrar a la habitación con custodia policial. Si los efectivos llevaban gorras, el bebé lloraba, inconsolable. "Era un bebé precioso, chiquito", dice Susana y hace el gesto de acunarlo en sus brazos. "Fue emocionante. Yo era mucama, auxiliar de enfermería, un poquito de todo. Lo tuve en brazos. Hay muchas enfermeras que lo cuidaron", dijo, aún tratando de reponerse del impacto del reencuentro. Más tarde, Manuel dirá, con su capacidad reflexiva, que muchas veces se pregunta cómo sobrevivió, tan pequeño, al desamparo. De qué se tomaba aquel bebé de cinco meses para aferrarse a la vida. Y contará que, cuando su hija cumplió cinco meses, entró en crisis al pensar que ése fue todo el tiempo que tuvo para compartir con su mamá.

* Beatriz Baronio fue la primera testigo. Los problemas de sonido en la sala del Concejo Deliberante hicieron difícil seguir su testimonio, pero igual fue inevitable emocionarse cuando contó el momento en que recibió el anónimo con el aviso del secuestro de su hermana, María Rosa. Su madre le arrancó el papel de las manos, comenzó a gritar. Era demasiado para esa madre que acaba de enterrar a Alberto Baronio, su hijo mayor, asesinado por el Ejército el 21 de abril de 1977 en Zárate. María Rosa y su pareja, Eduardo Reale, fueron secuestrados el 4 de mayo, pero el aviso llegó tarde a la familia, 20 días después. "Mi papá no salió nunca más desde lo que pasó con mis hermanos. Y de mi mamá, me acuerdo de despertarme a la madrugada con el llanto de ella", dijo Beatriz en la audiencia, el martes pasado. Su hermana María Rosa estudiaba en la Universidad Nacional del Litoral y fue suspendida por sus actividades políticas. Como todos los desaparecidos de la causa Alvira, fue a San Nicolás a refugiarse de la persecución, y vivió allí desde fines de 1975. "Nosotros íbamos a visitarla a San Nicolás, hacía una vida normal", dijo Beatriz. El dolor quedó a flor de piel cuando contó qué la carcome. "A mí me pone muy mal porque mi hermana estaba embarazada de tres meses. Yo no sé lo que pasó con ella, no sé si la agarraron y la mataron. No sé si mi sobrino nació o no", dijo la mujer.

* La historia de la familia Alvira tuvo como portavoz a Adriana, que tenía 16 años cuando desaparecieron sus hermanas Raquel y María Cristina. Vicente Marcial Alvira era un productor de Colonia San Roque, en el extremo norte de la provincia, que a partir de 1977 viajó primero a San Nicolás, para recuperar a su nieto Fernando, y luego infinidad de veces a Buenos Aires, para pedir datos sobre sus hijas. "Un día, mi papá se tomó el tren, compró un diario y vio una solicitada de las Madres de Plaza de Mayo. Supo que no estaba solo, que éramos muchos los que buscábamos a nuestros familiares", relató Adriana frente al Tribunal. La demora de los juicios se hace carne en Vicente Alvira. Nunca pudo ver juzgado, ni siquiera, al máximo responsable de esas desapariciones, Saint Amant. Y hay más: murieron impunes otros dos acusados en la causa, el mayor Diego Ricardez y el sacerdote Miguel Angel Regueiro, que ejecutó la coerción para entregar al bebé de nueve meses a su familia. Vicente Alvira debió firmar que sus hijas eran delincuentes subversivas para recuperar a su nieto.

* El testigo más esperado en la ciudad de San Nicolás fue, claro, José María "Cholo" Budassi. Cuando salió del Concejo Deliberante, los aplausos y los abrazos fueron interminables. "Es nuestro héroe local", dijo una vecina, con lágrimas en los ojos. El Cholo tenía 19 años cuando fue secuestrado, en la calle, camino a su casa, el 4 de mayo de 1977, a las 22. Pasó por tres centros clandestinos de detención en su ciudad. En la Brigada de Investigaciones estuvo con María Regina Spotti, que era su responsable en la organización Montoneros. Permaneció con ella, en el mismo lugar, tres o cuatro días, y fue el último que pudo escucharla viva. "En el momento en que no había guardias, a veces hablábamos con Regina por la pared. Ella me preguntó si sabía algo de sus hijos, de su compañero. Me contó que tenía una hermana, Claudia, que estaba detenida en Devoto. Que la habían careado con un compañero, Tito, que cayó en el río, y que después pudimos saber que era Carlos Armando Grande", relató el Cholo, integrante de la Mesa por la Memoria en su ciudad, el miércoles, frente al Tribunal, con la sala repleta de público que quería escucharlo, y más gente afuera. "En medio de ese infierno, la esperanza no tenía color, con ella nos acompañamos en esos breves días de mayo. Me tranquilizaba oírla. Con los años, muchas noches desperté escuchando su voz, era de una dulzura resignada. Aunque no la veía, yo me la imaginaba del otro lado, quizás por eso no puedo olvidarla, porque aunque sé que ya no está, la sigo escuchando", escribió el Cholo en 2009. Preso hasta la Navidad de 1982, cuando recuperó su libertad tenía 25 años. "Creo que aprendí más de la militancia y del compromiso político en la cárcel que en el breve lapso de mi militancia anterior", dijo ante una pregunta capciosa del abogado defensor de Saint Amant, Mauricio Bonchini.

Cada juicio por delitos de lesa humanidad es la ventana a nuevas historias dramáticas, pero también heroicas, con nombres propios. ¿Por qué seguir asistiendo a esas audiencias cuando es conocido el modus operandi y la inconcebible crueldad del terrorismo de estado? Para que la memoria tenga rasgos particulares, que hable de las personas.

El barrio como testigo

El 4 de mayo de 1977, María Inés Albuerno se preguntó si nadie iba a hacer nada para impedir que secuestraran a Mary, la chica que vivía frente a su casa. Tomó la bolsa de los mandados, fue a visitar a una amiga, y se decidió a hacer la denuncia en la comisaría, donde le dijeron que se iban a ocupar. Más tarde, vio que un camión del Ejército se llevaba los muebles y los objetos del "matrimonio joven", que eran María Rosa Baronio y Eduardo Reale, aunque ella no lo sabía. Una semana después, llegó el joven a su propia casa, y al ver que estaba ocupada por las fuerzas de seguridad, salió corriendo, perseguido con disparos. En el barrio se dijo que había tomado la pastilla de cianuro.

El miércoles pasado, en el juicio oral y público, identificó como una de las personas que estaba en los operativos a un militar que vivía cerca de su casa, en la peatonal 2 de San Nicolás, del barrio Don Bosco, una calle que sólo tiene 2 cuadras. Dijo que su apellido era Ponce, y después lo mencionó como Poncio. De inmediato, la fiscal Adriana Saccone pidió que se libre un oficio para averiguar si había algún militar con esos apellidos en 1977, en San Nicolás. Antes de terminar la audiencia, pudieron comprobar en documentación ya existente en esa época había en San Nicolás un militar de apellido Ponci. De este modo, la declaración de una vecina, después de 35 años, permite abrir una investigación sobre otro de los participantes de la represión ilegal.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Testimonio de "Cholo" Baldassi en el juicio de San Nicolás

La represión la vivió en carne propia

Fue secuestrado y torturado en 1977. "Más que información, parecía que buscaban destruirnos como personas", dijo ayer ante el tribunal. Apenas salió, comenzó a trabajar para reconstruir la historia de aquellos con los que compartió cautiverio.

 Por Sonia Tessa - Desde San Nicolás

José María "Cholo" Budassi dedicó su vida a investigar la represión en San Nicolás y recuperar la memoria de los compañeros desaparecidos. "Estar vivo para contarlo es algo que ha signado mi vida. Hoy, frente al Tribunal, es el momento", dijo ayer en el Concejo Deliberante, donde se realizó la audiencia por crímenes de lesa humanidad cometidos en esta ciudad. Budassi es testigo en la causa Alvira ﷓﷓por las desapariciones de María Cristina y Raquel Alvira, Horacio Martínez, Rosa Baronio, Eduardo Reale y María Regina Spotti﷓﷓ y al mismo tiempo es querellante en la causa por su propio secuestro, el de su amigo Pablo Leonardo Martínez y la desaparición de Gerardo Cámpora y Carlos Farayi, a la que se conoce como la de los ex alumnos del Colegio Don Bosco. Antes de terminar su testimonio, Budassi planteó su descontento. "Vengo a declarar como testigo en esta causa, pero también declaro como víctima y quiero expresar que todavía no entiendo por qué la causa del colegio Don Bosco no puede estar en este juicio. Por una decisión del juez (federal de San Nicolás, Carlos) Villafuerte Ruso, se desdobló, cuando es evidente por la fecha de los hechos y por los mismos documentos de inteligencia militar que se trata del mismo operativo", planteó. La presidenta del Tribunal Oral Federal número 2, Beatriz Caballero de Baravani, atinó a decirle que se trataba de "cuestiones procesales que no hemos podido evitar".

Después de la audiencia, la abogada de la querella particular, Ana Oberlin, subrayó que el desdoblamiento es una de las tantas decisiones criticables del juez de instrucción. La profesional de Hijos y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación apuntó que en las tres causas de San Nicolás "se llega al juicio oral con muchos menos de los imputados que se podría llegar. Villafuerte Ruso nunca investigó la conexión entre los distintos hechos y sólo dejó acusados a los que no podía obviar". "En la masacre de la calle Juan B. Justo está muy claro, porque había elementos para procesar a muchas otras personas. El juez de instrucción dilató los tiempos, fragmentó las causas, dejó que los acusados permanecieran libres pese a la gravedad de los delitos, y todas esas deficiencias las estamos pagando en el juicio oral", enfatizó la abogada.

En la causa de la masacre se investiga el asesinato de Omar Amestoy, Ana María Fettolini, los niños de 5 y 3 años María Eugenia y Fernando Amestoy y Ana del Carmen Granada. Por ese hecho están acusados el que fuera jefe del Area Militar 132 del Primer Cuerpo de Ejército, Manuel Fernando Saint Amant, el militar retirado Antonio Bossie y el ex jefe de la policía Federal, Jorge Muñoz. En la causa Alvira, en cambio, sólo se juzga a Saint Amant, al igual que en el secuestro de José Emilio Mastroberardino.

A Budassi nadie le contó cómo fue la represión en su ciudad. La vivió en carne propia. El testigo relató su secuestro, el 4 de mayo de 1977, cuando volvía a su casa por calle Almafuerte, manejando la camioneta familiar. Esa noche, lo llevaron a una casa operativa de la patota, cerca de la fábrica Somisa, en el barrio del Golf. Allí lo torturaron. "A veces, más que información, parecía que buscaban destruirnos como personas, obligarnos a traicionarnos a nosotros mismos y a quienes queríamos", dijo el Cholo. A la mañana siguiente, escuchó que llevaban a ese lugar a otras personas. Sintió voces de mujeres, eran una o dos. Le hicieron lo mismo que él ya había sufrido. "Para alguien que la vivió, es aún más desesperante escuchar que a otro lo torturan", expresó su dolor.

Al día siguiente, el Cholo intentó escaparse. Llegó a saltar por la ventana y correr unos metros, pero lo recapturaron. Lo llevaron a otro sitio. "Estuve en una celda, pedí para ir al baño y nadie me contestaba. En un momento escuché una voz que me decía 'gordo, gordo, ¿sos vos?'. Era María Regina Spotti, una compañera que había sido secuestrada el 21 de abril, a la que conocía de la militancia barrial. Ella le dijo que estaban en la Brigada de Investigaciones de San Nicolás. Al menos hasta el domingo 8 de mayo de 1977 estuvo allí y, cuando los guardias no controlaban, pudo conversar con María Regina. "Fui la última persona que pudo escucharla con vida. Es un compromiso muy grande", se sinceró Budassi.

Después de mantenerlo al menos tres días en la Brigada de Investigaciones, Budassi volvió a ser trasladado, a un lugar que estaba sobre la ruta 21, en el camino a Villa Constitución. En ese lugar eran "unos cuantos". Advirtió que además del matrimonio que escuchó el primer día, había algunas personas más. Allí permaneció hasta el 24 de mayo, cuando a él y a su amigo Pablo Martínez les fraguaron una detención en la comisaría 1ª de Junín. Supo por un subcomisario que el obispo Ponce de León había pedido por su vida. Budassi continuó detenido hasta la Navidad de 1982. Apenas salió, comenzó a trabajar para reconstruir la historia, pudo conocer los nombres de las personas con las que compartió cautiverio, que hoy forman parte de la causa Alvira. A partir de 2003, empezó a colaborar con el Equipo Argentino de Antropología Forense y tuvo acceso a un documento de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la provincia de Buenos Aires que describía claramente la represión en San Nicolás entre enero y julio de 1977. Allí estaban los nombres de todos los militantes desaparecidos en la zona. Budassi aportó hace años ese documento a la causa.

Una maliciosa pregunta del defensor particular de Fernando Saint Amant, Mauricio Bonchini, puso a Budassi en situación de responder a qué se refería cuando habló de "traicionarse a sí mismo y a las personas que quería". En ese momento, Budassi no pudo contener la emoción. "Para mí es muy doloroso responderlo. No sé si puede interpretarlo una persona que no pasó por el secuestro y la tortura", describió el testigo, quien lo puso en primera persona: "Me destruyó cuando me dijeron 'boludo, por qué no lo nombraste a Pablo si lo tenemos adentro desde las 5 de la tarde'. Por lo cual todo el esfuerzo, toda la resistencia que yo hice para no nombrarlo...". En ese momento, Budassi no pudo seguir hablando. El fiscal Juan Murray pidió la palabra. "Se están investigando hechos de los que el señor Budassi ha sido víctima, no la organización a la que pertenecía", puntualizó para impugnar las preguntas revictimizadoras.

Antes de abandonar el recinto, Budassi aclaró que estaba allí como "militante popular que padeció la cárcel y la persecución por razones que hoy son como respirar, que los jóvenes participen en los centros de estudiantes y se comprometan con un mundo mejor es lo que nosotros queríamos". El aplauso de la sala fue el broche de oro de la declaración.

martes, 7 de agosto de 2012

Un dolor imposible de definir

DECLARARON BEATRIZ BARONIO Y ADRIANA ALVIRA, HERMANAS DE DESAPARECIDAS

Después de 35 años, pudieron contar sus historias frente al tribunal que lleva adelante el juicio a represores en San Nicolás.

 Por Sonia Tessa
Desde San Nicolás

Buscaron a sus hermanas durante años. Querían volver a verlas vivas o, al menos, saber qué había pasado con ellas. Después de 35 años, ayer pudieron contar sus historias frente a un tribunal. Beatriz Baronio y Adriana Alvira se abrazaron con ganas al final de la primera jornada de testimonios del juicio oral y público de la primera causa por delitos de lesa humanidad cometidos en San Nicolás. Fue en el hall del Concejo de esta ciudad, adonde ayer se trasladó el Tribunal Oral Federal número 2 de Rosario para tomar los primeros testimonios. Las dos testigos --de los cinco que pasaron en la primera jornada-- eran adolescentes cuando la vida de sus familias se desbarató. Adriana brindó un minucioso y conmovedor relato de la desaparición de sus hermanas Raquel y María Cristina, y su yerno, Horacio Martínez, el 5 de mayo de 1977 en su casa de Alvear 1519. Cada historia que se despliega en estos juicios renueva el dolor, le da carnadura al terrorismo de estado.

Baronio tenía 15 años el día que recibió un anónimo en su casa, en Elortondo, destinado a su padre. Atinó a abrirlo: la esquela escrita a máquina por "un buen amigo" les avisaba que Rosa Baronio y su pareja, Eduardo Reale, habían sido secuestrados en San Nicolás. Los cinco desaparecidos forman parte de la causa Alvira, que incluye a María Regina Spotti, secuestrada en su casa, en el kilómetro 4 de la ruta 188, el 21 de abril de 1977.

Para la familia Baronio, la cosa había empezado un mes antes: el 21 de abril, en Zárate, el Ejército mató a Alberto Baronio y a Mónica, su pareja, embarazada de cinco meses. Esos cuerpos pudieron recuperarlos un mes después. Por entonces, con 20 días de demora, les llegó el aviso sin firma del secuestro de Rosa y Eduardo. La pareja fue privada de la libertad en la calle, el 4 de mayo de 1977. El padre, Carlos Alberto, hombre de campo, viajó una y otra vez a Buenos Aires para averiguar sobre el destino de su hija, pero jamás obtuvo respuestas. "Lo único que pedían mis padres, y es lo que yo quiero, es saber qué hicieron con ella", dijo ayer Beatriz.

El último testimonio de la tarde fue el de Adriana Alvira. El dolor se respiraba en la sala. María Cristina y Horacio, el esposo, eran militantes de la Juventud Universitaria Peronista en 1975, y tras ser suspendidos en la Universidad Nacional del Litoral decidieron mudarse a San Nicolás. "La persecución política era muy fuerte", contó Adriana. Raquel, la otra hermana, estudiaba Derecho y también fue suspendida de la UNL y decidió volver a Colonia San Roque, la población del norte de la provincia, donde vivía la familia.

María Cristina y Horacio tuvieron un bebé en San Nicolás. "Fernandito está hermoso. Se parece mucho a Horacio. Dice ma-ma y pa-pa. Lo pongo así porque el mocoso lo dice así", son algunas de las frases que leyó Adriana de las cartas que enviaba su hermana.

A fines de abril, Raquel viajó 550 kilómetros para visitar a su sobrino. Estaba en la casa de su hermana el 5 de mayo, al mediodía, cuando entró el Ejército. María Cristina cocinaba. Los militares dejaron a Fernando, de nueve meses, al cuidado de un vecino, por instrucciones del propio coronel Manuel Fernando Saint Amant, jefe del área 132 del Primer Cuerpo de Ejército, que ordenó llevarlo a un orfanato.

Vicente Marcial Alvira debió firmar un papel acusatorio de sus hijas para recuperar a Fernando. Rogó por datos. Empeñó su vida en la búsqueda. Viajó desde Colonia San Roque a Buenos Aires una y otra vez, en soledad. Sembraba a destiempo, se endeudó, vendió una parte del campo. "No sabíamos ni siquiera en qué día vivíamos. Para nosotros había lluvia y sol, porque de eso dependía que mi padre pudiera salir a la ruta para tomar el tren a Buenos Aires", rememoró Adriana. Ellos mismos redactaban los hábeas corpus porque no conseguían un abogado que lo hiciera. En 1984, uno de los sobrevivientes de San Nicolás, Pablo Leonardo Martínez, le escribió a Adriana para contarle que había compartido cautiverio con María Cristina, Raquel y Horacio. "Escuchó cuando torturaban a mis hermanas", dijo Adriana, y parecía que no podría continuar. "Es un dolor indecible, imposible de definir. Es como alguien que se muere muchas veces, y uno está ahí al lado. O no está", sintetizó.

El silencio era tan fuerte


Víctor Almada, Omar Mastroberardino y Fernando Alvira también dieron testimonio ayer en el primer juicio por delitos de lesa humanidad cometidos en San Nicolás. Almada relató el secuestro de su esposa, María Regina Spotti, junto con sus hijos, Víctor y Martín, de un año y ocho meses y de ocho meses. Mastroberardino se refirió a ese mismo secuestro, en el que se llevaron a su tío, José Emilio Mastroberardino, que alquilaba la casa a la familia Almada. Aunque su tío dedicaba la vida al reparto de frutas, y jamás había militado, estuvo una semana secuestrado.

Fernando Alvira, que tenía nueve meses cuando secuestraron a sus padres María Cristina y Horacio Martínez, hizo llorar a toda la sala. Entró con una foto de sus padres en las manos. "Cuando tenía ocho o nueve años, se me venía el mundo abajo cuando me preguntaban quiénes eran mis padres", le dijo a los jueces Beatriz Caballero de Baravani, Omar Digerónimo y Jorge Venegas Echagüe. "En setiembre va a nacer mi hijo, Bautista, y también va a sufrir las consecuencias de la tragedia que vivió mi familia en mayo de 1977, porque dos de sus cuatro abuelos no van a estar. Y eso no es justo", afirmó. El silencio era tan fuerte que llegaban a escucharse las lágrimas del público.

lunes, 6 de agosto de 2012

Rosario : Acto por Mariano Ferreyra

Diferentes organizaciones como el Partido Obrero, CTA Rosario, COAD y ATE marcharon ayer desde la plaza Sarmiento hasta la Bolsa de Comercio, en la jornada de inicio del juicio por el asesinato del militante Mariano Ferreyra. Las organizaciones políticas, sociales y gremiales reclamaron que el crimen del militante del PO culmime con "cárcel y perpetua para todos los culpables".

La movilización comenzó a las 18 en la plaza Sarmiento, en San Luis y Corrientes y se trasladó hasta la sede de la Bolsa de Comercio (Corrientes y Córdoba), donde se realizó el acto.

Las principales consignas de la convocatoria fueron "justicia por Mariano, perpetua a Pedraza y a todos los responsables" y "castigo a los funcionarios y empresarios cómplices y avance las causas paralelas". También se repudió la "burocracia sindical", la "tercerización y precarización laboral" y la "persecución a los luchadores sindicales".

Las organizaciones que promovieron la movilización recordaron que "Mariano fue asesinado por participar de un reclamo para que los obreros tercerizados pasaran al convenio ferroviario". Asimismo, los dirigentes presentes como Gustavo Brufman, Gustavo Teres, Norma Ríos de APDH Alejandro Parlante y Carlos Blanco del PO, se quejaron porque "los funcionarios de la Secretaría de Transporte, como Jaime y Schiavi, sin embargo, no comparecerán en el juicio y tampoco las patronales de Ugofe, partícipes del negociado y colaboradoras de la patota".

domingo, 5 de agosto de 2012

Ahora entrega de archivos de hechos juzgados

El arzobispado de Rosario entregó archivos de la dictadura
Todo lo que registraron en la Iglesia durante esos años

La solicitud la hizo la abogada Gabriela Durruty y uno de los objetivos era profundizar la investigación que le cabe al ex capellán policial Eugenio Zitelli. El dossier comienza con una misiva firmada por el arzobispo José Luis Mollaghan.

 Por José Maggi

El juez federal Marcelo Bailaque recibió en los últimos días un legajo de 120 fojas enviados por el arzobispado rosarino, al que le había ordenado entregar todos los registros que poseyera acerca de la represión ilegal durante la última dictadura. El pedido había sido presentado por la abogada Gabriela Durruty y uno de los objetivos era profundizar la investigación que le cabe al ex capellán policial Eugenio Zitelli. El dossier comienza con una misiva del arzobispo José Luis Mollaghan que en sus párrafos más destacados reza, "después del tiempo necesario para llevar a cabo una búsqueda cuidadosa en la extensa documentación del archivo, puedo elevar a su digno conocimiento, cuanto sigue". El documento afirma también que "en los índices correspondientes al inventario del archivo no se han hallado referencias específicas a los hechos" .

A pesar de ello el Arzobispado remite algunas fojas de documental hallada en el "archivo físico" que ellos mismos organizan, acorde la siguiente descripción:

-- documentación referida a Causa Feced sobre hechos ya requeridos por la justicia

-- documentos referidos a Causa Feced consignados en el archivo del Arzobispado

Al analizar la documentación entregada la abogada de Familiares Gabriela Durruty manifestó: "Ante un primer análisis del material estamos en condiciones de afirmar que resulta exiguo, incompleto y carente de unicidad, pero indudablemente es el expreso reconocimiento de que se poseen gran cantidad de datos que aun no se han acercado a la justicia. Estamos analizando los pasos a seguir".

La documental acompañada se nutre mayoritariamente de cartas dirigidas por familiares de desaparecidos al arzobispado durante la época de comisión de los hechos, de copias de los hábeas corpus que se presentaban ante la justicia como parte de la desesperada búsqueda de sus seres queridos, y que eran también llevados al arzobispado para intentar conmover a las autoridades eclesiásticas de la época.

Durruty manifestó que resulta "notoria la ausencia de respuestas, la nula referencia a gestión alguna en pos de investigar los gravísimos hechos que numerosas familias denunciaban". Se abren muchos interrogantes: ¿Cuál es la postura actual de la iglesia rosarina? Acompañan desgarradoras cartas de familias en la búsqueda de integrantes desaparecidos que creían vivos. La desesperación de las misivas es desgarradora. El silencio de la iglesia es simplemente aterrador".

Párrafo aparte merece la encendida defensa del procesado capellán de la policía de Feced, Eugenio Zitelli, que realizara en 1984 el ex arzobispo Jorge Manuel López, no condena los hechos denunciados sino a los denunciantes por "atentar contra la reconciliación nacional".

También se acompaña un descargo que el imputado acompañara a sus jefes eclesiásticos donde niega haber "participado, ni conocido ningún acto que pueda ser repudiable en cuanto a violación de la libertad de las personas o haber visto procedimientos como torturas"

La iglesia no explica por qué descarta sin más las numerosas denuncias contra el ex capellán, la defensa de López en 1984 no dista en mucho de la que ensayara el párroco de la catedral, Raul Giménez más de dos décadas después.

En este sentido Durruty opinó que "ambas lógicas coinciden con la estrategia defensista que ensayaron durante años los perpetradores negando los hechos. Ese manto de duda ha sido desgarrado con la sentencia de la causa Díaz Bessone, es por ello que ya no pueden admitirse más dilaciones ni más silencios por parte de instituciones como la iglesia que sabemos participó activamente en la represión, hecho recientemente corroborado por otro procesado de la causa Feced, Jorge Rafael Videla.

Ambas defensas resultan inadmisibles, máxime conociendo el caudal de información que la iglesia manejó desde el día cero en relación a las víctimas del plan sistemático, agregó la abogada de Familiares Jesica Pellegrini.

También se incluyen en la documentación diversos petitorios presentados por Familiares de desaparecidos y detenidos por razones políticas. Como una presentada en marzo de 1978 ante el Comando del Segundo Cuerpo y la misma iglesia, en la que se incluía además una lista de personas desaparecidas, y que chocó contra el muro de silencio impuesto por ambas instituciones. Entre ellas se cuenta una carta enviada al arzobispo Guillermo Bolatti: "Que paguen sus culpas los pecadores rodeados de la más amplia garantía de justicia, que aparezcan de una vez por todas los miles de ciudadanos desaparecidos, que sean puestos en libertad los que no cometieron delito alguno, que no sean maltratados en ningún momento los presos tal como lo exige nuestra tradición cristiana. Mientras ello no ocurra así, esas determinaciones y posturas de los hombres se convierten en caldo de cultivo de odios y venganzas de otros hombres, y se convierte en un círculo vicioso que solo aporta destrucción material y fundamentalmente espiritual. Por todo ello es que a usted también lo invitamos, con todo nuestro respeto, a que nos apoye en esta cruzada de guerra al odio, para que todos luchemos por la afirmación y consolidación de la Paz y la Justicia. Los católicos que firmamos estas líneas, sabemos que nuestro pastor no puede estar ausente".

Elida Luna, actual presidenta de la misma organización manifestó a Rosario/12 que "asomarse nuevamente a aquellos momentos, volver a leer nuestros pedidos nos conmueve infinitamente, nos trae el recuerdo de luchadores que ya no están y nos dan más fuerza para continuar en la búsqueda de los datos que la iglesia seguramente aun oculta.

Cabe recordar además que durante el juicio Díaz Bessone, se sucedieron numerosos testimonios que dan cuenta del rol que cumplió la iglesia durante la dictadura, como es el caso de Francisco y María Inés Oyarzábal, hermanos de José Oyarzábal, y Marcelo Márquez, hermano de Cristina, masacrados en Los Surgentes, quienes dieron cuenta del rol que el Padre García cumplió en la época de los hechos, por ejemplo al indicarles a las familia que "agregaran un plato para la Navidad porque sus familiares se presentarían a cenar".

Peti Luna está convencida que la Iglesia tiene mucha documental para mostrar: "Seguro registró datos del desarrollo del plan sistemático de represión ilegal, estos datos eran elevados por los vicariatos a cada obispado según jurisdicción, y desde cada obispo a la conferencia episcopal, quienes resguardan una copia, y otra se envió siempre a la sede del Vaticano a una oficina específicamente creada. El Vaticano guarda detalles del destino de nuestros familiares durante la dictadura eclesiástica cívico militar".

miércoles, 1 de agosto de 2012

La masacre de Juan B. Justo - Ausencias

LOS JUZGA UN TRIBUNAL LOS CONDENAMOS TODOS.

En noviembre de 1976 un operativo policial y militar en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos dejó como saldo cinco muertos, entre ellos dos niños. Hubo un solo sobreviviente, Manuel Gonçalvez Granada, quien fue apropiado y recién recuperó su identidad en 1995. Su padre había sido torturado y asesinado unos meses antes y por el hecho se está enjuiciando al ex comisario Luis Abelardo Patti. Manuel tiene 34 años y la ausencia marcada en la piel. Manuel fue Claudio durante mucho tiempo, diecinueve años para ser precisos. Manuel perdió su historia y fue su historia la que lo volvió a encontrar. Manuel tiene una nueva familia y una lucha, la de la búsqueda de tantos niños apropiados en la última dictadura.

Gastón Gonçalvez era montonero, libraba batallas cotidianas enseñando palabras en las villas y estaba marcado hacía rato. Apenas el país se desayunaba con la instalación de un gobierno militar cuando Gastón pasaba a formar parte de la eterna lista de desaparecidos. Era el 24 de marzo de 1976.

Por estos días el ex comisario Luis Abelardo Patti se encuentra siendo procesado, entre varios crímenes de lesa humanidad, por el asesinato de Gastón Gonçalvez en el año 1976. Este fue secuestrado en Zárate, torturado, quemado y abandonado a orillas del río Luján. Su cuerpo pasaría veinte años en una tumba NN hasta que el equipo de Antropología Forense lo pudiera identificar. Este sería el inicio de un largo camino.

Su mujer, Ana María Granada, apenas alcanzó a despedirse de su suegra antes que la fueran a buscar. Con su panza de varios meses pasó de un plumazo a la clandestinidad y los caminos la dejaron en la ciudad de San Nicolás, al norte de la provincia de Buenos Aires, compartiendo sus días con una pareja entrerriana, en su misma situación, y estrenando nombre e historia.

Manuel, hijo de Gastón, sería anotado con el apellido Valdéz por cuestiones de seguridad. Era junio y arrimaba a la vida en un clima de tensión y de clandestinidad. En una casa de la calle Juan B. Justo, Manuel berreaba y compartía sus primeros días con su mamá Ana María y también con Carmen, Omar y sus hijitos María Eugenia, de cinco años, y Fernandito, de tres. Y un día llegó el espanto.

Eran las seis de la mañana en la ciudad. Una ráfaga de metralleta partió la calma. Ese 19 de noviembre de 1976 policías y militares rodearon la casa. Ana María alcanzó a esconder a Manuel, de tan sólo cinco meses, envuelto en frazadas para evitar que se asfixie, en un ropero. Minutos despues catorce balas acabarían con su vida, tal y como le había pasado a su compañero pocos meses antes.

Carmen y Omar Amestoy eran de Nogoyá, provincia de Entre Ríos. Perseguidos por militar activamente educando adultos en las villas, terminaron en San Nicolás, con sus hijos y con Ana María y su nuevo bebé. Las balas tampoco les perdonaron la vida y los gases lacrímógenos mataron a Fernando en el baño donde estaba escondido. María Eugenia y su pequeño cuerpito sólo aguantaron un rato más, muriendo camino al Hospital San Felipe.

Manuel fue encontrado en el ropero y se convirtió en el primer bebé con custodia policial. Su cuna en el nosocomio permanecería vigilada varios meses en caso de una improbable rebelión infantil hasta que la cúpula militar decidiera que hacer con su futuro.

El hecho pasó a la historia como la Masacre de Juan B. Justo y por ello se encuentran procesados y en condiciones de ser juzgados, el coronel Fernando Saint Amant, por entonces jefe del área militar 132 y del Batallón de Ingenieros 101; el coronel Antonio Federico Bossie y el ex comisario jefe de la delegación San Nicolás de la Policía Federal Jorge Muñoz. El proceso es el n° 28130 y radica en el Tribunal Oral Federal N° 2 de Rosario. Se espera que antes que termine el año la causa sea elevada a juicio.

Manuel fue entregado en adopción y así pasaría a ser Claudio Novoa. Desde chico supo que era adoptado, pero la posibilidad de que sus padres fueran desaparecidos nunca fue imaginada. Hasta que la verdad llamó a su puerta una tarde. “Tenés una abuela que te está buscando y que lo único que quiere saber es si estás bien”, le dijo un miembro del Equipo de Antropología Forense y Claudio/Manuel salió en búsqueda de su verdad.

Las vueltas del destino se mostraron rápidamente, Manuel no solo tenía a su abuela, sino también un medio hermano, fruto de una relación anterior de su padre. Gastón Gonçalvez hijo aparecía en su vida. Gastón era el bajista de la banda Los Pericos. Manuel era fanático del grupo. Muchas veces, en recitales, uno y el otro habían estado cerca. Esta vez la historia los enfrentaba y decidieron disfrutar de ese regalo. Hoy, quince años después, ambos hermanos encabezan la querella a Luis Abelardo Patti por la muerte de su padre.

Manuel tiene la ausencia marcada en la piel, pero esas sombras lo forman, lo empujan a seguir luchando, a no perder la memoria y a ayudar a reconstruirla. Ausencias llenas de vida en su sonrisa.