Marcha por Silvia Suppo ¡Esclarecimiento y Justicia!

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miércoles, 16 de abril de 2014

Entrevista con Celina "Queca" Kofman, fundadora de Madres de Plaza de Mayo de Santa Fé

"
Queremos traspasar a los jóvenes los sueños de nuestros hijos".

Tiene 90 años y le molesta su cadera, pero igual se las ingenia para llegar a donde la lucha la convoca. Ahora sigue de cerca la causa por el Operativo Independencia en Tucumán, donde se investigan los casos de 270 víctimas. Entre ellas, su hijo Jorge que sigue desaparecido.

"Con las Madres de Rosario había mucha relación, ahora están como nosotras, somos una especie en extinción", dice Queca

Por Sonia Tessa

Celina "Queca" Zeigner de Kofman trazó la huella de su búsqueda desde el 18 de junio de 1975, cuando el Ejército bajó de un colectivo en una ruta de Tucumán a su hijo menor, Jorge. Fue fundadora de Madres de Plaza de Mayo primero en Concordia y luego en Santa Fe, adonde se mudó en plena dictadura a pedido de su amiga Alejandra "Cuqui" Ravello para acompañarla en los primeros pasos de la Asociación y también para estar más cerca de otro de sus hijos, Hugo, que había sido cesanteado por la Universidad Nacional del Litoral. Con su pañuelo blanco, sus 90 años recién cumplidos y aunque deba caminar con andador, Queca es infaltable en cualquier lucha que la convoque. Allí estuvo, como siempre, el 24 de marzo en la Plaza del Soldado de la capital provincial, encabezando la marcha del Día por la Memoria, Verdad y Justicia. Hace planes para presenciar el juicio oral por el Operativo Independencia, que tiene a su hijo entre las 270 víctimas. "Quiero que la gente joven me acompañe al primer día de audiencias", adelanta. En marzo se festejaron sus 90 años. Con su voz gruesa, en la que se cuelan años de docencia, Queca se emociona al recordar la fiesta que le hicieron entrerrianos y santafesinos, y a cada momento recuerda que su pañuelo blanco la convierte en "madre de los 30 mil", no sólo de su amado Jorge.

La casa de Queca está en Barranquitas, un barrio de casas bajas, con unos pocos árboles en sus veredas, tirando al oeste de Santa Fe. Al entrar por un garaje, lo primero que llama la atención es la proliferación de fotos, cuadros, recuerdos y los homenajes que le hicieron. En la mesa ratona del ingreso hay una foto grande su hijo Jorge, con la leyenda "Hipicito", el nombre que adoptó como militante del Ejército Revolucionario del Pueblo. Al lado hay un cuadro del Che. "Jorge era fanático del Che", dice ella. En el living comedor, sobre un mueble largo también repleto de fotos se ve a los hijos, las nueras, nietos y los seis bisnietos. Cada imagen tiene su historia, y ella las desgrana. Entre tantos retratos, se la ve con el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. "Lo vi en Rafaela, adonde fui con mi hijo Hugo. Le dije que cuando el ejército sandinista liberó Nicaragüa, sentí que eran nuestros hijos y Cardenal se puso a llorar", relata. También se la ve, en otra foto, abrazada con el presidente uruguayo José Pepe Mujica.

Sentada en el living, acompañada también por Lucila Puyol, militante de HIJOS Santa Fe, Queca asegura que siempre acompañó la militancia de sus hijos. Y es fácil creerle. "Los entendí. Los tres eran militantes, yo no era militante pero tenía esa formación socialista de mi padre, de mis abuelos. Estaba de acuerdo, pero yo estaba dedicada a la escuela, a los chicos, tenía una escuela muy grande que me absorbía todo el día", rememora los tiempos previos a la desaparición de Jorge, que cambió dramáticamente su vida. Empezó como maestra rural en una escuela ubicada a 50 kilómetros de Concordia. Allí vivió, y allí hicieron la primaria sus tres hijos, Héctor, Jorge y Hugo. "Cuando Héctor, el mayor, necesitó empezar la secundaria, pedí traslado a Concordia", rememora esta mujer nacida en 1924.

En 1975 estaba en condiciones de jubilarse pero decidió seguir trabajando. Era directora de la escuela Belgrano de Concordia. "No quería jubilarme porque mis hijos estaban todos estudiando, Hugo en Santa Fe, Héctor, que también estuvo clandestino y el menor, que está desaparecido todos estudiaban. Estábamos mi marido y yo solos, él trabajaba también, era agricultor. Entonces yo decidí seguir trabajando. Había hecho el curso de la Alianza Francesa y el día que me recibí me nombraron profesora en primer año. Alcancé a dar una sola clase y me avisaron de la desaparición de mi hijo", cuenta los momentos previos a esa llamada que cambió su vida.

Apenas recibió el llamado de Tucumán, Queca viajó a reclamar por su hijo. Excluye cualquier ingenuidad en su relato. "No hay palabras para describir lo que fue Tucumán en el año '75. Primero, habían eliminado muchísimos abogados. Conseguimos uno, Angel Pisarello, que después también lo mataron. En la sala de espera del estudio de Pisarello conocí la primera Madre, era la madre del soldado Ledo, Marcela Brizuela de Ledo. Estábamos conversando ahí, esperando el turno para hablar con el abogado. Eran puras madres de Tucumán con quienes seguí trabajando después. Ella me contó que estaba desesperada", dice Queca y trae en tiempo presente el diálogo de entonces.

-Falta mi hijo. Estaba haciendo el servicio militar en La Rioja y lo llevaron a Tucumán. Está bajo las órdenes de (Raúl) Milani y hace dos semanas que no puedo comunicarme con él -dijo Marcela, mientras lloraba sin parar y preguntó: -A vos ¿quién te falta?.

-Mi hijo, pero hace un año y pico que lo vengo buscando- respondió Queca.

-Un año y pico, me muero, me muero si no lo encuentro en un año y pico- respondió Marcela de Ledo.

Tras el recuerdo, Queca hace un salto: "Después nos encontrábamos en la sede de Madres y ella me decía: 'Pasó un año, pasaron dos, pasaron tres, pasaron cuatro y estoy luchando'".

Por estos días tiene dificultades para ir a las reuniones semanales del Foro por los Derechos Humanos debido a los problemas de cadera, pero Queca se las ingenia para saber qué pasa a través del correo electrónico. Lee los resúmenes todas las semanas en la computadora. "Leo Página/12 y una vez a la semana Clarín, que compraba desde que salió. Entonces, lo compro para escuchar dos voces y saco mis propias conclusiones", dice.

Sigue de cerca la causa por el Operativo Independencia, abierta en 2012 por el juez Daniel Bejas, que tiene 16 procesados y 270 víctimas. La semana pasada, los fiscales Pablo Camuña y Patricio Rovira pidieron que la ex presidenta Isabel Martínez de Perón sea indagada por ese operativo iniciado en Tucumán el 5 de febrero de 1975. Allí estaba Jorge Kofman, y viajaba hacia Córdoba, para conocer a su hija Sabina, recién nacida, cuando fue secuestrado en la ruta.

La búsqueda de Queca en Tucumán fue peligrosa también. "El abogado Pisarello, que fue la persona más maravillosa que conocí en mi vida estaba muy preocupado por Hugo, mi hijo del medio, que nos había acompañado. Decía que había que sacarlo urgente de Tucumán porque corría peligro", relató sobre aquella búsqueda. "Después, el abogado se enteró de que en Famaillá había un campo de concentración, la Escuelita, y me dijo que tenía algunos datos. Nos mandó a un bar, para que le lleváramos una carta a un tipo. Cuando llegamos ahí, y le entregué la carta, el hombre se fue corriendo a la escuelita de Famaillá, ya que tenía el bar a una cuadra", rememora Queca y hace un paréntesis para que el relato tenga sentido. "Nosotros somos de origen judío, pero mis abuelos, mi padre y yo fuimos socialistas siempre, así que no les hicimos la circuncisión a los chicos, que es el bautismo que algunos hacen, cuando son religiosos", aclara para seguir con lo ocurrido. "El hombre que habíamos contactado entró sin problemas a la escuela de Famaillá. Volvió y me preguntó si éramos judíos o no. En ese momento, yo pegué un salto que mi marido ahí casi se muere, y le dije que ahí estaba mi hijo, porque si no, cómo me hubiera hecho esa pregunta", continúa el relato. "Me fui corriendo y ya a la mitad de la plaza me pararon con dos carabinas, una acá y otra acá (se señala los dos costados del cuello). Me dijeron que podía llegar hasta ahí nomás, me preguntaron qué quería". Queca no se quedó callada. "Mi hijo está ahí, yo lo sé, tengo certeza", les contestó. La respuesta fue contundente: ��"No puede dar un paso más, vuélvase porque si no vamos a tener que actuar". Queca se acercó al tejido alto, de dos metros, que rodeaba la Escuela por la que pasaron unos 1.500 desaparecidos. Rogó que la dejaran ver de cerca la escuela para sentir a su hijo porque sabía que estaba allí. "El tipo me dijo que no tenían a nadie, y resulta que tenían llena la escuelita de Famaillá", se indigna. "Llegué hasta el tejido y otra vez me apuntaron. Me amenazaban con tirar. Entonces yo pegué un grito tan fuerte que yo no sé si lo habrá sentido, Jorge, grité yo, ay no sé, nunca voy a saber si lo sintió o no", sigue el relato.

En ese preciso instante, Lucila Puyol no puede contener las lágrimas. Queca hace un alto y la reta con tono maternal: "Quedate quieta porque si no...Que yo me mantengo todavía". Queca se ríe con sus ojos claros, pequeños, y la consuela: "Si vos has vivido lo mismo". Lucila tenía diez años cuando su padre, Norberto Puyol, fue asesinado en Córdoba, en diciembre de 1976.

-¿Cómo se lleva con la gente más joven, con HIJOS?

La voz de Queca se dulcifica. "Es un amor" Tuve problemas dentro del Foro, que se dividió después, porque no querían que hablaran las Madres ni los Hijos en un acto del 24 de marzo. Y yo me quejé: A los hijos les vas a negar la palabra, un lugarcito en un acto?".

Además de dedicar sus días a buscar a Jorge, a Queca le tocó durante aquellos días de terror quedar un tiempo a cargo de los pequeños hijos de su hijo desaparecido. Alfredo tenía un año cuando llevaron a Jorge, y Sabina apenas había nacido. Cuando pudo garantizarse que la esposa de Jorge viajara a Israel con los niños -que aún viven allí�, ella se dedicó a formar Madres de Plaza de Mayo. "Mi nuera nos avisó antes de irse que en la Plaza de Mayo estaban caminando unas mujeres que tenían los hijos desaparecidos. Averiguamos y mi hijo Hugo fue el primero que se contactó con ellas. Apenas viajaron mi nuera y los chiquitos, yo me incorporé", cuenta. Ya no integra la Asociación Madres de Plaza de Mayo de manera orgánica. "Me fui hace doce años, cuando las Torres Gemelas, por esa diferencia, y la ETA, que Hebe de Bonafini hizo unas declaraciones muy malas, muy feas, y ya se habían ido muchas madres, muchas madres", dice Queca, sin entrar en más detalles.

Queca no habla de sueños individuales. Los suyos son colectivos, fiel a la manera que construyó su vida. "Lo que nosotros aspiramos es traspasar a las jóvenes generaciones los sueños y proyectos de nuestros hijos. Es un sueño inconcluso que estoy segura que las jóvenes generaciones, junto a Hijos, familiares y todos, van a seguir adelante con ese sueño, esto se construye con trabajo permanente y militancia permanente", dice consciente, como dice entre risas mezcladas con la toz que le provoca un resfrío: "Con las Madres de la Plaza 25 de Mayo de Rosario teníamos mucho contacto. Ahora creo que quedan dos o tres nomás, que están como nosotras. Somos una especie en extinción".

El pañuelo como identidad

El pañuelo blanco forma parte de la identidad de Queca, anclado en el presente. Acompañó la lucha de los afectados por las inundaciones de 2003, y también fue parte de la Marcha de los Chicos del Pueblo, junto a Nora Cortiñas. "Hicimos dos viajes, uno desde Córdoba a Buenos Aires y otro de Misiones a Buenos Aires con los Chicos del Pueblo", se enorgullece. También estuvo en Rafaela, acompañando los reclamos para que se investigue el asesinato político de Silvia Suppo, que fue muerta a puñaladas meses después de dar un testimonio clave en la causa Brusa. "Silvia Suppo testimonió como todas las chicas, que eso es lo que yo más admiro, a las sobrevivientes de los campos de concentración, que hoy son señoras grandes ya, y cuentan los sufrimientos, las humillaciones, las violaciones", dice. "Silvia Suppo, como todas, con coraje, sin mezquinar palabras ni nada, testimoniaron y nos hacían llorar a las Madres. Y Silvia Suppo hizo un testimonio muy fuerte, muy fuerte y tenía que declarar en el juicio siguiente por la desaparición de su marido. Entonces, ahí, simularon un robo, porque nosotros no nos tragamos lo del robo, fue un crimen político", subraya. Este año no pudo estar en la actividad que se realizó el 29 de marzo para exigir justicia, como todos los años, pero ella misma redactó el comunicado de adhesión.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Mujeres terriblemente madres

Lecturas y fragmentos del libro "Madres en duelo", de la antropóloga Nicole Loraux
Concebido a partir de las reuniones que el Colegio de Psicoanálisis de París realizó en 1989 sobre "La madre excluida en la política", la helenista recuperan el modo en que Grecia y Roma establecieron regulaciones al dolor de las madres.

 Por María del Carmen Marini*

El libro Madres en duelo, surgió en base a una conferencia que dictó Nicole Loraux en una de las reuniones que el Colegio de Psicoanalistas de París, dedicó a "La madre excluida de la política", en 1989. Ella diserta y escribe sobre el modo en que Grecia y Roma establecieron los modos "permitidos" de expresión del dolor de las madres en duelo. Escribo "permitido" entre comillas para designar con ellas el absurdo de pretender una reglamentación de los afectos, y nada menos que los del dolor del duelo.

Allí dice: "Contra el riesgo del afecto demasiado intenso, la ciudad, en tanto colectividad bien organizada, forjó un aparato de leyes y reglamentaciones. Es necesario inscribir la cuestión del duelo y de las prácticas que apuntan a darle forma y límites, sin olvidar no obstante lo que tiene de impracticable" (página 20).

Al someter a los funerales a limitaciones muy estrictas, la ciudad reglamenta el duelo y el rol de las mujeres en el seno del duelo. Es posible sugerir también que reglamenta el duelo y por lo tanto a las mujeres. O quizás: las mujeres y por tanto el duelo, debido a lo mucho que se afirman la relación recíproca entre las mujeres y el duelo. (página 34)

La ciudad (es decir el Estado y la sociedad) reclama hijos a las mujeres y luego los quita al pensarlos como ciudadanos﷓soldados. Intenta reglamentar el llanto protesta, el llanto lamento, el llanto imprecación cuando las despojan. ¿Por qué las limitan en la expresión de su dolor? ¿Qué asusta tanto del llanto de las madres, como para encasillarlo en tiempo (diez meses), lugar (la interioridad de su casa) y compañía (sólo cinco acompañando a la doliente)? ¿Qué tiene de tan arrasador como para que se sienta insoportable?

El ideal sería encerrar herméticamente el dolor femenino en el interior de la casa, sobre todo cuando la mujer enlutada es una madre que llora a su hijo.

Y puedo concebir allí la intención de invisibilizar ese dolor que amenaza el orden, peligroso para los defensores del orden social entonces, y peligroso después y aún hoy, para los defensores del olvido y del silencio.

Prosigue el texto: "La mujer romana está como clivada entre 'el tumulto habitual del dolor femenino' y el duelo asumido sin lágrimas de la matrona. El dolor en forma de herida hace de ella el equivalente del soldado cubierto de cicatrices" (página 54). Cóleras negras, nos lleva a las madres y a la noción de un dolor que no olvida y se nutre de sí mismo, peligroso (pues) su duelo ha quedado fijado como prueba de fuerza consigo misma y con los otros. Este dolor mutado en desafío lleva el terrible nombre de esta memoria colérica que los griegos denominan menis.

Menis es negro como un hijo de la Noche, es terrible y perdura. Es repetitivo y no tiene fin, tanto es así que el motor de la menis es precisamente el no tener nunca fin. Se instala de este modo un "siempre" (aeí) inmóvil" (página 70).

Encargadas de la función y guardianas de la memoria. Opuesto a la amnistía que estaría al servicio del orden de la comunidad y la mezquina comodidad que acalla reclamos y protestas. Madres y Abuelas. Susana Trimarco, Norma Castaño... y cuántas más... Encarnaron sin lágrimas ya, un sentimiento. En aquellas mujeres heridas en su maternidad, despojadas de sus hijos, el dolor y la cólera cobran proporciones colosales, apocalípticas. Las convierte en la encarnación de un reclamo de justicia de fuerza arrasadora.

Una furia y un dolor tan amenazantes, como para que se debieran poner límites, en aquel tiempo (¿y cuánto persiste hoy?) a la expresión del afecto, reglamentando el duelo. Hubo una intuición de la intensidad de ese sentimiento que ante él, el temor, el temblor, aún en los más aguerridos. ¿Cuánto de temor y temblor aún hoy ante las madres desgarradas por genocidios, por redes de trata, por mafias de traficantes?

No tiene, ni puede tener medida la violencia que el despojo suscita, porque no tiene, ni puede tener medida el dolor de la pérdida. No vi ni escuché a las griegas y romanas. Pero he sabido del sentimiento de otras madres aquí, hoy. Lo he leído en sus miradas, lo he escuchado en su mutismo. Ellas como un tsunami que resulta aterrador para los asesinos, desaparecedores y dealers, que como ratas se refugian en los pasadizos inmundos de las cloacas. Pero no hay lugar donde esconderse. Hay cosas que no se pueden dejar de hacer, de reclamar, de recordar. Y vale la consigna sostenida por años: No se trata de venganza sino de justicia.

De aquellas dice Nicole Loraux: Estuvieron demasiado cerca o llegaron demasiado lejos. Clavadas al cuerpo del hijo en un alumbramiento que no termina... Entregadas a su menis y castigando... no queda ninguna duda de que las madres dan miedo para que se las vista así de negro.

Pero a la Madre, loca por el duelo... "Ya no tenemos miedo porque no importa lo que se cuente sobre ellas, las Madres terribles de los griegos son terriblemente madres" (Página/124).

De éstas, madres terribles, terriblemente madres, que son nuestras contemporáneas, somos testigos de su fuerza, de su templanza, de su perseverancia. Las madres de los griegos, las madres de los romanos, las madres de otras historias como las que transitamos hoy aquí, todas ellas son las legítimas protagonistas de una interpelación. Una que no tiene aún la respuesta que debiera.

*Psicóloga, Magíster en Poder y Sociedad desde el enfoque de Género. UNR. Integrante del C.E.I.M. Facultad de Humanidades y Artes.

domingo, 26 de agosto de 2012

El jardín argentino

El perro cruzó el jardín desierto de los Tribunales Federales para ir en frente, directo al palco levantado sobre Oroño, la murga se desplegaba entre las palmeras, el perro había salido disparando del jardín que parecía un cementerio, buscó el césped húmedo del paseo y se limpió las patas. Olga Moyano venía con la pancarta de la murga: La Memoriosa, desde que la armó lleva la pancarta con el nombre bordado rodeado de símbolos inconfundibles, el pañuelo blanco es el primero que resalta, hace muchos años que habla con el mismo entusiasmo de su murga; los que están ahora, los murgueros de ahora, vienen del grupo de apoyo a las Madres de la Plaza 25 de Mayo, todos saltaban dentro de sus trajes luminosos. Primero el perro se echó junto al público, después se metió entre el público a merodear; después el perro negro de ojos avispados se subió al palco y se echó de nuevo, no para descansar, paraba las orejas, movía la cabeza más rápido que la cola para cazar al vuelo la voz del micrófono. La murga cantaba sus canciones, las letras pedían que la justicia no se durmiera, que se mantuviera despabilada, la murga cantaba y bailaba frente a los Tribunales Federales como jugando un partido largamente deseado, tratando de no tapar el cartel que la había convocado: 3 de Julio de 2012. Comienza el Primer Juicio Oral por Delito de Lesa Humanidad cometidos en San Nicolás / Soy la fotografía de un desaparecido, la sangre de tus venas/ Latinoamérica, Calle 13. El perro ya se había bajado del palco y seguía otra vez la murga, la siguió un trecho hasta que aprovechó una brecha en el tránsito de Oroño y cruzó, quería ver el jardín que brillaba a un paso, iba a atravesar el portón que se había abierto milagrosamente.

Chispas de oro, toquecitos de luz temblorosa sobre las hojas recién regadas iluminaron al perro, no las patas, tampoco las orejas, cabeza y cola, sólo el hocico que consiguió meter entre las rejas, que se doró con la luz celeste del cielo ganado para el jardín. Ganado palmo a palmo al entorno cada vez más edificado, más abarrotado de edificios que buscan altura, defendido contra cielo y tierra ,el jardín pegado al de los Tribunales Federales perfuma descansado, con suavidad de terciopelo, y desparrama virtud: es un jardín que se aplica a su belleza. Iluminado por las flores de estación que decoran los bordes como un festón. El diseño de rectas en cruz para los canteros y el camino central, aviva un costado, los árboles ahí crecen libres, coposos, sombrean generosamente la puerta alta y doble de hermosa madera lustrada que aguarda para recibir al final de la escalera ,tan ancha como blanca; es el camino ,el acceso a la Misericordia, unos cuántos peldaños blancos y ya se puede golpear la puerta. La iglesia ( cubre con vitrales de colores sus rosetones para que la luz disminuya y envuelva al alma sin perturbarla) , más el colegio privado, se levantan a continuación, se desarrollan, hacen su vida, pero primero, para anunciarlos, está el jardín. El perro no podía apartar los ojos, ni sus sentidos, ¡un goce, que lo condenen si no!

Quebrando su silencio: las voces llegaban desde afuera, reventaban en el aire, el jardín perdió su paz, dejó oír el slamp de la puerta que se cerró, alguien cruzó en un suspiro, el perro no tuvo la oportunidad de merodear unos segundos. El jardín recuperó su estado, ni un alma, desierto, nadie entre sus macizos. El perro saltó, no perdió ni un pelo en el salto, perdió el perfume que lo había envuelto; absorbido por los cantos de Oroño, por la gente que en el bulevar seguía el juicio, se dejó arrastrar por la murga, formó parte de la ronda. ¡Fuera!, le gritaban los que pasaban a toda velocidad para alejarse de los tribunales federales lo más rápido posible, contradiciendo esa voluntad el perro se pegó más a la murga, ladraba las espaldas de los que volaban, volaban y desaparecían de Oroño en un batir de alas; el perro reventaba los tímpanos, ¡Eh, eh,! le gritaban los que corrían, gritaban esquivándolo, el perro les resultaba difícil de entender.
 Por Gloria Lenardón

miércoles, 23 de junio de 2010

Abrazada por el pueblo: Elida López, Madre de la Plaza 25 de mayo

El grito herido que no cesa
Al principio uno quiere volar a través de los años, meterse en esos días con olor a libros ardiendo en las hogueras, para poder entender la valentía, el coraje de ponerse de pie. Élida López nos cuenta de ese tiempo, y nos lleva a Mar del Plata, en 1976. Adrián Sergio López, su hijo, había aprendido a sentir como propio el dolor ajeno desde que un día su padre le reprochó un aparente desinterés por las cosas. Fue su mismo padre quien le advirtió, los primeros días de octubre de 1976, que se cuide, que no regrese a Mar del Plata, que lo estaban buscando. Después no fue fácil ponerse en marcha, recorrer todos los caminos, juntarse con las primeras Madres y organizarse, reunirse en las iglesias, hablar con los amigos de Sergio. Élida fue una de esas primeras Madres marplatenses y después siendo Madre de la plaza en Rosario, desde que fue a esa ciudad  en 1996.

La Madre de la Plaza 25 de mayo, Elida de López, murió ayer por la mañana, a los 88 años. Luchadora incansable por los derechos humanos, trabajó en la recuperación de la identidad de decenas de niños apropiados durante la dictadura militar. Su accionar fue un ejemplo para toda la sociedad en su afán por alcanzar la verdad y la justicia.