Marcha por Silvia Suppo ¡Esclarecimiento y Justicia!

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sábado, 10 de enero de 2015

Santa Fé: Desplazado el jefe policial por antisemita por otro involucrado en causa por drogas

Salida para el comisario de la esvástica

Tras los reclamos del Inadi y de organismos de derechos humanos, el gobierno de Bonfatti separó a Juan Pablo Garro, a quien recientemente había nombrado en Santa Fe. En su lugar reasumirá el comisario Sergio Vergara, involucrado en una causa por drogas.

La gobernación de Santa Fe sufrió un nuevo traspié en el manejo de la policía de la provincia. Ayer tuvo que desplazar de su cargo al comisario inspector Juan Pablo Garro, al que había designado como nuevo jefe de la Unidad Regional I –jefe de policía de la ciudad de Santa Fe–: la marcha atrás se debió a las quejas del Instituto Nacional contra la Discriminación (Inadi) y los organismos de derechos humanos porque el policía había sido investigado en 2006 por presuntas conductas antisemitas y por tener en su despacho un cuadro con símbolos nazis. Como una sorpresa extra, la administración del socialista Antonio Bonfatti anunció que el lunes reasumirá el anterior titular de la dependencia policial, el comisario Sergio Vergara, que estaba de licencia obligada porque fue involucrado en una causa por presunto tráfico de drogas.

Los anuncios estuvieron a cargo del ministro de Gobierno santafesino, Rubén Galassi. Al confirmar que la gobernación había resuelto sacar al comisario Garro para reponer al comisario Vergara, el funcionario argumentó que la designación del primero había sido “transitoria, al solo efecto de poder disponer de un funcionamiento adecuado para estos días en que Vergara tuvo que pedir licencia”.

Tras conocerse la novedad, el abogado de Vergara salió a hablar por los medios, a los que aseguró que su defendido “nunca” estuvo imputado en la causa conocida popularmente como la “del camión con droga” ni fue llamado a indagatoria.

Vergara había tenido que dejar su puesto por este caso, de fuertes repercusiones. La investigación, a cargo del juez federal Reinaldo Rodríguez, está centrada en un operativo en el que la policía informó haber encontrado un camión abandonado con una tonelada y media de marihuana. En el expediente fueron procesados el ex jefe de Orden Público Cristian Hang, el ex jefe de Inspección Martín Díaz y el sargento Alejandro Agüero, que operó en la sección inteligencia de Drogas Peligrosas. A pedido del fiscal Walter Rodríguez, el ahora repuesto Vergara y su subjefe, Sergio Fernández, tuvieron además que hacer un descargo ante el juez.

El camión apareció varado en la zona conocida como Arroyo Leyes, el 2 de noviembre a la madrugada. La policía presentó el operativo como un golpe al narcotráfico, pero el fiscal Rodríguez consideró en cambio que se trató de “una puesta en escena de la supuesta labor desplegada por la fuerza” que “no reflejó la realidad de lo ocurrido”.

Según el fiscal, del camión –que en las actas apareció estacionado y sin chofer– fue en realidad descargado parte del cargamento de droga, en una maniobra en la que habría participado el sargento Agüero, hoy procesado por presunto tráfico de estupefacientes agravado. Agüero quedó en prisión, al igual que Hang y Díaz, éstos acusados por supuesto encubrimiento agravado y por “favorecer la evasión de Agüero”, violación de deberes de funcionario público” y “falsificación ideológica de documento público”.

En cuanto a Garro, había sido ascendido hace menos de una semana, provocando la reacción del Inadi, que reclamó al gobernador Antonio Bonfatti que reviera la medida.

El Instituto contra la Discriminación alertó que el comisario, de acuerdo con una denuncia que guardaba en sus archivos, habría maltratado a un agente por su color de piel y por estar casado con una judía. El denunciante contó que el entonces subcomisario lo denigraba diciéndole cosas como “los negros son fusibles”, “negro de mierda” y “si Hitler hubiera estado acá tu familia no estaría hoy”. En el momento de ser denunciado, Garro era jefe del Grupo de Operaciones Especiales y le abrieron un sumario administrativo y una causa judicial, por lo que fue desplazado del cargo, aunque luego los expedientes resultaron archivados.

A Garro le habían encontrado además, en su despacho, un cuadro con una esvástica: él argumentó que se trataba de un regalo que “sólo había conservado”.

Junto con el Inadi se quejaron también los organismos de derechos humanos. “No se puede poner en ese cargo a un policía nazi”, señaló Celina “Queca” Kofman, integrante de Madres de Plaza de Mayo de Santa Fe. “Nosotros estamos cuestionando hace años a la policía provincial, ¿cómo podemos pensar en un jefe de policía con ideología nazi?” La agrupación H.I.J.O.S, la comunidad judía de Santa Fe y el Foro contra la Impunidad y por la Justicia se manifestaron en el mismo sentido.

Garro finalmente debió pedir licencia. Ayer sostuvo no ser “nazi ni fascista”. “Tomo esta decisión por mi familia”, señaló, “para que descanse un poco de todas las habladurías falsas que están circulando sobre mi persona”.

miércoles, 16 de abril de 2014

Entrevista con Celina "Queca" Kofman, fundadora de Madres de Plaza de Mayo de Santa Fé

"
Queremos traspasar a los jóvenes los sueños de nuestros hijos".

Tiene 90 años y le molesta su cadera, pero igual se las ingenia para llegar a donde la lucha la convoca. Ahora sigue de cerca la causa por el Operativo Independencia en Tucumán, donde se investigan los casos de 270 víctimas. Entre ellas, su hijo Jorge que sigue desaparecido.

"Con las Madres de Rosario había mucha relación, ahora están como nosotras, somos una especie en extinción", dice Queca

Por Sonia Tessa

Celina "Queca" Zeigner de Kofman trazó la huella de su búsqueda desde el 18 de junio de 1975, cuando el Ejército bajó de un colectivo en una ruta de Tucumán a su hijo menor, Jorge. Fue fundadora de Madres de Plaza de Mayo primero en Concordia y luego en Santa Fe, adonde se mudó en plena dictadura a pedido de su amiga Alejandra "Cuqui" Ravello para acompañarla en los primeros pasos de la Asociación y también para estar más cerca de otro de sus hijos, Hugo, que había sido cesanteado por la Universidad Nacional del Litoral. Con su pañuelo blanco, sus 90 años recién cumplidos y aunque deba caminar con andador, Queca es infaltable en cualquier lucha que la convoque. Allí estuvo, como siempre, el 24 de marzo en la Plaza del Soldado de la capital provincial, encabezando la marcha del Día por la Memoria, Verdad y Justicia. Hace planes para presenciar el juicio oral por el Operativo Independencia, que tiene a su hijo entre las 270 víctimas. "Quiero que la gente joven me acompañe al primer día de audiencias", adelanta. En marzo se festejaron sus 90 años. Con su voz gruesa, en la que se cuelan años de docencia, Queca se emociona al recordar la fiesta que le hicieron entrerrianos y santafesinos, y a cada momento recuerda que su pañuelo blanco la convierte en "madre de los 30 mil", no sólo de su amado Jorge.

La casa de Queca está en Barranquitas, un barrio de casas bajas, con unos pocos árboles en sus veredas, tirando al oeste de Santa Fe. Al entrar por un garaje, lo primero que llama la atención es la proliferación de fotos, cuadros, recuerdos y los homenajes que le hicieron. En la mesa ratona del ingreso hay una foto grande su hijo Jorge, con la leyenda "Hipicito", el nombre que adoptó como militante del Ejército Revolucionario del Pueblo. Al lado hay un cuadro del Che. "Jorge era fanático del Che", dice ella. En el living comedor, sobre un mueble largo también repleto de fotos se ve a los hijos, las nueras, nietos y los seis bisnietos. Cada imagen tiene su historia, y ella las desgrana. Entre tantos retratos, se la ve con el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. "Lo vi en Rafaela, adonde fui con mi hijo Hugo. Le dije que cuando el ejército sandinista liberó Nicaragüa, sentí que eran nuestros hijos y Cardenal se puso a llorar", relata. También se la ve, en otra foto, abrazada con el presidente uruguayo José Pepe Mujica.

Sentada en el living, acompañada también por Lucila Puyol, militante de HIJOS Santa Fe, Queca asegura que siempre acompañó la militancia de sus hijos. Y es fácil creerle. "Los entendí. Los tres eran militantes, yo no era militante pero tenía esa formación socialista de mi padre, de mis abuelos. Estaba de acuerdo, pero yo estaba dedicada a la escuela, a los chicos, tenía una escuela muy grande que me absorbía todo el día", rememora los tiempos previos a la desaparición de Jorge, que cambió dramáticamente su vida. Empezó como maestra rural en una escuela ubicada a 50 kilómetros de Concordia. Allí vivió, y allí hicieron la primaria sus tres hijos, Héctor, Jorge y Hugo. "Cuando Héctor, el mayor, necesitó empezar la secundaria, pedí traslado a Concordia", rememora esta mujer nacida en 1924.

En 1975 estaba en condiciones de jubilarse pero decidió seguir trabajando. Era directora de la escuela Belgrano de Concordia. "No quería jubilarme porque mis hijos estaban todos estudiando, Hugo en Santa Fe, Héctor, que también estuvo clandestino y el menor, que está desaparecido todos estudiaban. Estábamos mi marido y yo solos, él trabajaba también, era agricultor. Entonces yo decidí seguir trabajando. Había hecho el curso de la Alianza Francesa y el día que me recibí me nombraron profesora en primer año. Alcancé a dar una sola clase y me avisaron de la desaparición de mi hijo", cuenta los momentos previos a esa llamada que cambió su vida.

Apenas recibió el llamado de Tucumán, Queca viajó a reclamar por su hijo. Excluye cualquier ingenuidad en su relato. "No hay palabras para describir lo que fue Tucumán en el año '75. Primero, habían eliminado muchísimos abogados. Conseguimos uno, Angel Pisarello, que después también lo mataron. En la sala de espera del estudio de Pisarello conocí la primera Madre, era la madre del soldado Ledo, Marcela Brizuela de Ledo. Estábamos conversando ahí, esperando el turno para hablar con el abogado. Eran puras madres de Tucumán con quienes seguí trabajando después. Ella me contó que estaba desesperada", dice Queca y trae en tiempo presente el diálogo de entonces.

-Falta mi hijo. Estaba haciendo el servicio militar en La Rioja y lo llevaron a Tucumán. Está bajo las órdenes de (Raúl) Milani y hace dos semanas que no puedo comunicarme con él -dijo Marcela, mientras lloraba sin parar y preguntó: -A vos ¿quién te falta?.

-Mi hijo, pero hace un año y pico que lo vengo buscando- respondió Queca.

-Un año y pico, me muero, me muero si no lo encuentro en un año y pico- respondió Marcela de Ledo.

Tras el recuerdo, Queca hace un salto: "Después nos encontrábamos en la sede de Madres y ella me decía: 'Pasó un año, pasaron dos, pasaron tres, pasaron cuatro y estoy luchando'".

Por estos días tiene dificultades para ir a las reuniones semanales del Foro por los Derechos Humanos debido a los problemas de cadera, pero Queca se las ingenia para saber qué pasa a través del correo electrónico. Lee los resúmenes todas las semanas en la computadora. "Leo Página/12 y una vez a la semana Clarín, que compraba desde que salió. Entonces, lo compro para escuchar dos voces y saco mis propias conclusiones", dice.

Sigue de cerca la causa por el Operativo Independencia, abierta en 2012 por el juez Daniel Bejas, que tiene 16 procesados y 270 víctimas. La semana pasada, los fiscales Pablo Camuña y Patricio Rovira pidieron que la ex presidenta Isabel Martínez de Perón sea indagada por ese operativo iniciado en Tucumán el 5 de febrero de 1975. Allí estaba Jorge Kofman, y viajaba hacia Córdoba, para conocer a su hija Sabina, recién nacida, cuando fue secuestrado en la ruta.

La búsqueda de Queca en Tucumán fue peligrosa también. "El abogado Pisarello, que fue la persona más maravillosa que conocí en mi vida estaba muy preocupado por Hugo, mi hijo del medio, que nos había acompañado. Decía que había que sacarlo urgente de Tucumán porque corría peligro", relató sobre aquella búsqueda. "Después, el abogado se enteró de que en Famaillá había un campo de concentración, la Escuelita, y me dijo que tenía algunos datos. Nos mandó a un bar, para que le lleváramos una carta a un tipo. Cuando llegamos ahí, y le entregué la carta, el hombre se fue corriendo a la escuelita de Famaillá, ya que tenía el bar a una cuadra", rememora Queca y hace un paréntesis para que el relato tenga sentido. "Nosotros somos de origen judío, pero mis abuelos, mi padre y yo fuimos socialistas siempre, así que no les hicimos la circuncisión a los chicos, que es el bautismo que algunos hacen, cuando son religiosos", aclara para seguir con lo ocurrido. "El hombre que habíamos contactado entró sin problemas a la escuela de Famaillá. Volvió y me preguntó si éramos judíos o no. En ese momento, yo pegué un salto que mi marido ahí casi se muere, y le dije que ahí estaba mi hijo, porque si no, cómo me hubiera hecho esa pregunta", continúa el relato. "Me fui corriendo y ya a la mitad de la plaza me pararon con dos carabinas, una acá y otra acá (se señala los dos costados del cuello). Me dijeron que podía llegar hasta ahí nomás, me preguntaron qué quería". Queca no se quedó callada. "Mi hijo está ahí, yo lo sé, tengo certeza", les contestó. La respuesta fue contundente: ��"No puede dar un paso más, vuélvase porque si no vamos a tener que actuar". Queca se acercó al tejido alto, de dos metros, que rodeaba la Escuela por la que pasaron unos 1.500 desaparecidos. Rogó que la dejaran ver de cerca la escuela para sentir a su hijo porque sabía que estaba allí. "El tipo me dijo que no tenían a nadie, y resulta que tenían llena la escuelita de Famaillá", se indigna. "Llegué hasta el tejido y otra vez me apuntaron. Me amenazaban con tirar. Entonces yo pegué un grito tan fuerte que yo no sé si lo habrá sentido, Jorge, grité yo, ay no sé, nunca voy a saber si lo sintió o no", sigue el relato.

En ese preciso instante, Lucila Puyol no puede contener las lágrimas. Queca hace un alto y la reta con tono maternal: "Quedate quieta porque si no...Que yo me mantengo todavía". Queca se ríe con sus ojos claros, pequeños, y la consuela: "Si vos has vivido lo mismo". Lucila tenía diez años cuando su padre, Norberto Puyol, fue asesinado en Córdoba, en diciembre de 1976.

-¿Cómo se lleva con la gente más joven, con HIJOS?

La voz de Queca se dulcifica. "Es un amor" Tuve problemas dentro del Foro, que se dividió después, porque no querían que hablaran las Madres ni los Hijos en un acto del 24 de marzo. Y yo me quejé: A los hijos les vas a negar la palabra, un lugarcito en un acto?".

Además de dedicar sus días a buscar a Jorge, a Queca le tocó durante aquellos días de terror quedar un tiempo a cargo de los pequeños hijos de su hijo desaparecido. Alfredo tenía un año cuando llevaron a Jorge, y Sabina apenas había nacido. Cuando pudo garantizarse que la esposa de Jorge viajara a Israel con los niños -que aún viven allí�, ella se dedicó a formar Madres de Plaza de Mayo. "Mi nuera nos avisó antes de irse que en la Plaza de Mayo estaban caminando unas mujeres que tenían los hijos desaparecidos. Averiguamos y mi hijo Hugo fue el primero que se contactó con ellas. Apenas viajaron mi nuera y los chiquitos, yo me incorporé", cuenta. Ya no integra la Asociación Madres de Plaza de Mayo de manera orgánica. "Me fui hace doce años, cuando las Torres Gemelas, por esa diferencia, y la ETA, que Hebe de Bonafini hizo unas declaraciones muy malas, muy feas, y ya se habían ido muchas madres, muchas madres", dice Queca, sin entrar en más detalles.

Queca no habla de sueños individuales. Los suyos son colectivos, fiel a la manera que construyó su vida. "Lo que nosotros aspiramos es traspasar a las jóvenes generaciones los sueños y proyectos de nuestros hijos. Es un sueño inconcluso que estoy segura que las jóvenes generaciones, junto a Hijos, familiares y todos, van a seguir adelante con ese sueño, esto se construye con trabajo permanente y militancia permanente", dice consciente, como dice entre risas mezcladas con la toz que le provoca un resfrío: "Con las Madres de la Plaza 25 de Mayo de Rosario teníamos mucho contacto. Ahora creo que quedan dos o tres nomás, que están como nosotras. Somos una especie en extinción".

El pañuelo como identidad

El pañuelo blanco forma parte de la identidad de Queca, anclado en el presente. Acompañó la lucha de los afectados por las inundaciones de 2003, y también fue parte de la Marcha de los Chicos del Pueblo, junto a Nora Cortiñas. "Hicimos dos viajes, uno desde Córdoba a Buenos Aires y otro de Misiones a Buenos Aires con los Chicos del Pueblo", se enorgullece. También estuvo en Rafaela, acompañando los reclamos para que se investigue el asesinato político de Silvia Suppo, que fue muerta a puñaladas meses después de dar un testimonio clave en la causa Brusa. "Silvia Suppo testimonió como todas las chicas, que eso es lo que yo más admiro, a las sobrevivientes de los campos de concentración, que hoy son señoras grandes ya, y cuentan los sufrimientos, las humillaciones, las violaciones", dice. "Silvia Suppo, como todas, con coraje, sin mezquinar palabras ni nada, testimoniaron y nos hacían llorar a las Madres. Y Silvia Suppo hizo un testimonio muy fuerte, muy fuerte y tenía que declarar en el juicio siguiente por la desaparición de su marido. Entonces, ahí, simularon un robo, porque nosotros no nos tragamos lo del robo, fue un crimen político", subraya. Este año no pudo estar en la actividad que se realizó el 29 de marzo para exigir justicia, como todos los años, pero ella misma redactó el comunicado de adhesión.