Marcha por Silvia Suppo ¡Esclarecimiento y Justicia!

martes, 9 de noviembre de 2010

"Lofiego era un forajido"


 Por Sonia Tessa

Oscar Bustos, Irma Justa de Canteloro y Ana Esther Fernández fueron los tres testigos que declararon ayer a la mañana en la causa Díaz Bessone. Bustos acusó a Ricardo Chomicky de haber participado en su detención y torturas, en septiembre de 1976. En su indagatoria, el imputado había afirmado que lo secuestraron el 1º de diciembre de 1976. Canteloro, de 82 años, relató su secuestro y posterior detención, porque la patota de Feced consideraba que ella "guardaba" a su yerno, Eduardo Alberto Britos, hoy desaparecido. Esta testigo se refirió a las preguntas intimidantes que su defensora oficial, Laura Inés Cosidoy, le hacía "muy dulcemente", pero siempre acusándola de "saber lo que había pasado". A Fernández la tuvieron más de un año en el sótano del Servicio de Informaciones. Las dos mujeres identificaron sin hesitar a José Rubén Lofiego, como quien comandó sus torturas y privaciones ilegales de la libertad.

Bustos fue secuestrado a mediados de septiembre de 1976, después de 10 allanamientos en su casa de Bella Vista. Se llevaron también a su madre y su padre. Buscaban a su hermano y a un medio hermano. Posteriormente, su hermano Pedro Raúl fue asesinado y Pablo Alejandro fue secuestrado en Campana. Continúa desaparecido. A Oscar lo levantaron en la calle. Lo trasladaron a la comisaría 7ª, donde empezaron a pegarle. En el traslado desde la seccional hasta el Servicio de Informaciones, Bustos identificó con horror, entre los miembros de la patota, a Chomicky, que había sido amigo y compañero de militancia de su hermano. En el SI fue torturado por el propio Chomicky, que le preguntó por el paradero de Pepo (Pedro). También Nilda Folch, novia de Chomicky, participó de los tormentos. Bustos pudo reconocer a la pareja en otro centro clandestino de detención, La Calamita, de Granadero Baigorria, adonde fue llevado dos meses después de su secuestro. Apenas se sentó el testigo, Chomicky comenzó a escribir en un cuaderno, y a intercambiar opiniones con su abogado defensor.

Entre sollozos, Bustos le dijo al Tribunal Oral Federal número 2: "Este es un peso que tengo hace 34 años, que me lo quiero sacar". Contó los brutales golpes y torturas que recibió, así como las secuelas que le provocaron los tormentos. El testimonio de Bustos tuvo una particularidad: ubicó a Chomicky operando junto a la patota de Feced antes de su declarado secuestro. "El sabe muy bien cuándo me vio", respondió ante la insistencia del defensor de Chomicky. Cuando le pidieron que precisara desde cuándo el imputado frecuentaba su casa, Bustos afirmó: "Ojalá estuviera mi hermano, para decir exactamente cuándo lo conoció". El testigo subrayó que su madre "quería como un hijo" a Chomicky, quien fue "como uno más" de su familia. Bustos contó que ocho meses después de su secuestro fue liberado, como así también su padre y su madre. En marzo de 1977 les dieron el cadáver de Pedro, que había sido masacrado.

La última testigo de la mañana fue Canteloro, de 82 años. Antes y después del golpe militar, la mujer sufrió dos allanamientos en su casa. En el primero, del cual no pudo precisar la fecha, la despojaron de todas sus pertenencias y la llevaron detenida por 48 horas junto a sus dos hijas, Dalia y Gloria. La mujer se mudó a otra casa. El 14 de septiembre de 1976, la patota buscaba a su yerno y volvió a allanar su domicilio. A Irma la secuestraron, la llevaron al Servicio de Informaciones. Primero la tuvieron en la parte de arriba, donde estaba la sala de torturas. Allí la interrogó Raúl Guzmán Alfaro, quien la amenazó con un revolver y un cuchillo. La mujer -entonces de 48 años se descompuso. Cuando reaccionó estaba en un pasillo, donde encontró "todos muchachos, vendados". Reconoció a José Berra, y escuchó nombrar a José Aloisio. "Sentí gritos, lamentos, evidentemente les estaban pegando, torturando, azotando", dijo la mujer. Irma estuvo unos meses en el Servicio de Informaciones, fue llevada a la Alcaidía y luego a la cárcel de Devoto. Al salir, en 1978, luego de algunas intimidaciones, se fue del país. La señora dijo que Lofiego comandó "la banda de forajidos" que allanó su casa.

Por su parte, Fernández fue la primera testigo de la mañana. Fue secuestrada en agosto de 1976. Primero estuvo en la parte superior del SI, donde fue torturada durante dos noches, bajo dirección del Ciego. Posteriormente, pudo verle la cara cuando la mantuvieron detenida en el sótano. "Me llamaba para interrogarme. La tortura era verlo a él", dijo la testigo. También lo vio cuando la trasladaron al hospital Centenario, con un principio de enfisema. Lofiego llegaba a la sala con una bata de médico.

lunes, 8 de noviembre de 2010

¿Qué hacen por Silvia Suppo?

Por Dahiana Belfiori*

El domingo 7 de noviembre marchamos exigiendo el esclarecimiento del crimen de Silvia Suppo, ocurrido a comienzos de este año en la ciudad de Rafaela. Silvia fue testigo clave en causas de lesa humanidad que condenaron al ex juez federal Víctor Brusa y a otros represores. Fue asesinada brutalmente en su negocio a pocos días del 24 de marzo. Irregularidades en el accionar policial y la falta de iniciativa para investigar el crimen por parte de la justicia rafaelina, hacen que sigamos pidiendo justicia. Además existen elementos que vinculan a represores de la última dictadura militar, por lo que exigimos que la causa sea elevada a fuero federal.

El lunes 29 de marzo de este año, Rafaela supo que algo había cambiado. Las vendas caían de los ojos, las miradas mostraban el signo de la incredulidad y de la bronca. La ciudad empezaba a ser otra.

Todavía siguen vivas las sensaciones de la primera marcha. Las amigas, amigos, compañeras y compañeros de Marina y Andrés, hijos de Silvia, éramos un puñado de nervios antes de salir a la calle. Habíamos convocado a esa marcha, sin saber muy bien qué iba a pasar. Llevábamos, en las manos temblorosas, los papeles impresos con las adhesiones recibidas y ordenadas vertiginosamente en apenas unas horas. El megáfono dijo: marchemos en silencio. Y la suma de muchos unos hizo que fuéramos todos marchando con la emoción en los gestos y el rostro de Silvia como bandera. Luego de dar una vuelta silenciosa alrededor de la plaza central, la lluvia nos obligaría a apretujarnos bajo la Recova (antiguo almacén de ramos generales de la ciudad, hoy abandonado). Allí dijimos: interminables adhesiones leídas una a una al resguardo de la lluvia impertinente, lluvia que forzó a reconocernos los cuerpos, a darnos calor, a mirarnos de frente. En ese gesto de nombrar en voz bien alta sentí que íbamos encontrando la fuerza para continuar, como si al leerlas recuperáramos a Silvia. Eso sí, en ese momento la voz no se nos quebró. Ahí, pienso, supimos que éramos muchos y muchas sintiendo lo mismo. Supimos que su asesinato nos marcaba un camino, y una responsabilidad. Viernes 2 de abril. La ciudad ya no es la misma.

La primera marcha nos llevó a otras, que recorrieron las calles cada mes que pasaba. Artistas locales, organizaciones sociales y políticas, personas que la conocían y personas que no, se comprometieron en la búsqueda de Verdad y Justicia, algo que no imaginábamos ocurriría en Rafaela, conociendo la difícil experiencia de Silvia y de Corcho, su compañero de vida en ese camino. Las marchas irrumpieron en el escenario cotidiano como símbolo y signo que otorga sentido a la lucha. Decidimos continuar con ellas, decidimos ocupar la calle, que cada vez se nos hacía más propia. Como si del hogar se tratara.

Una nueva marcha, a 7 meses de su asesinato, me hizo sentir la urgencia de contar, de comunicar "desde adentro". Adentro que refiere tanto al grupo que conformamos en la búsqueda del esclarecimiento del crimen, como a ese otro, que suele señalarse con la mano extendida apretada fuertemente sobre el pecho. Sí, el adentro de la subjetividad, el de las emociones.

Reiterando el gesto de estos meses, caminamos al encuentro de otros y otras que ya comenzaban a agitarse y a agitar sus voces y tambores. Desde lejos adivinamos los colores y la alegría que contagia la murga de "la Estación", como le llamamos abreviadamente al Centro Cultural y Social Estación Esperanza, una de las organizaciones sociales que conforma el Espacio Verdad y Justicia por Silvia Suppo y que siempre nos recuerda que la lucha se ejerce también en la alegría. El cine Belgrano es el que fija el punto de encuentro, en pleno centro de la ciudad. Abrazos, emoción, reencuentro con las organizaciones de derechos humanos que todos los meses viajan desde distintos lugares del país, especialmente de la provincia de Santa Fe: H.I.J.O.S Santa Fe, la Casa de los DDHH de Santa Fe, conformada por Madres de Plaza de Mayo, Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, representantes de INADI, los abogados de la causa Lucila Puyol, Paula Condrac y Guillermo Munné, entre otros. Emana de los gestos el convencimiento de que el asesinato de Silvia tiene claras connotaciones políticas. Sabemos quién era, por eso estamos en la calle.

Entre tambores, risas, baile, un nutrido grupo de manifestantes, comenzamos a caminar por Avenida Santa Fe a paso lento, saludando a quienes se van sumando en el trayecto. En medio de unos de los silencios que le permiten a la murga comenzar otro ritmo, alguien grita "compañera Silvia Suppo", y se oye un gigante "¡presente!" con el que la saludamos y le damos un lugar al lado nuestro en cada marcha.

La Plaza nos espera, a unos pasos de la Recova. Esa que desde aquel viernes en el que nos abrigó de la lluvia, se convirtió en otra cosa, indefinible, pero que contuvo el germen de la manifestación espontánea ante el horror y la injusticia. Un micrófono colocado en el medio de la calle es el que permite escuchar a Marina y Andrés pidiendo justicia por su madre, mientras desde una pantalla podemos ver a Silvia que nos dice lo que vivió, podemos ver imágenes de la primera marcha, y el documento que construimos desde el Espacio intentando clarificar el estado de la causa, y exigiendo que sea elevada a la Justicia Federal. Luego habla Stella Maris Vallejos que junto a Anatilde Bugna pasaron junto a Silvia aquellos duros días de detención clandestina. Guillermó Munné, como abogado de la causa, nos recuerda que debemos seguir exigiendo que sea tratada en fuero federal, y agradece a todas y todos los que durante estos siete meses seguimos pidiendo Verdad y Justicia por Silvia Suppo.

Silvia está en la calle y pide Justicia a través de las pancartas, de las banderas, de las voces, de postales. Invitando a moverse de la comodidad y el adormecimiento, una de esas postales dice: "¿Qué estás haciendo por Silvia Suppo?" y nos tiende una mano, o muchas.

* Activista feminista. Integrante de Enredadera, grupo de mujeres y feministas en el Espacio Verdad y Justicia por Silvia Suppo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

La mujer nueva

Por Sonia Tessa

Cecilia Nazabal dejó un recuerdo indeleble en todos los que compartieron alguna parte de su vida con ella. Su sonrisa, su calidez, eran lo más notorio para quienes la conocían poco. En la noche del 5 de noviembre del año pasado, su vida se extinguió después de años de lidiar con una enfermedad que le provocaba intenso dolor. En ese momento, el juicio oral y público contra Oscar Pascual Guerrieri y otros cinco represores estaba en pleno desarrollo. Ella llegó a ver el comienzo del proceso, por el que tanto batalló y al que tanto aportó. Tenía ganas de dar testimonio de todo lo que había averiguado durante más de 20 años sobre el circuito represivo en la zona, pero la salud no la dejó. "Fue una luchadora incansable para que se hiciera justicia, no sólo con su compañero sino con todos los compañeros. Me dejó muchísimas cosas porque ella pertenecía a una generación que creía en el hombre nuevo y ella nunca dejó de practicar eso de la construcción de una mujer nueva en su propia vida", la recuerda Nadia Schujman, abogada de Hijos, la agrupación a la que pertenece también Fernando Dussex, hijo de Cecilia. En 1977, Fernando Dussex padre fue secuestrado, y ella -con su bebe de 45 días- comenzó a deambular un largo exilio interno que duró hasta 1980, cuando volvió a radicarse en Rosario.

Cecilia tejió con paciencia y tesón una buena parte de las causas de derechos humanos en Rosario. "Siempre la conocí peleando por lo que pensaba, por sus ideas y fundamentalmente por reconstruir el pasado. Ella fue una artífice fundamental de los juicios, sobre todo del juicio anterior, la causa Guerrieri-Amelong, ella siempre estaba contactando familiares, buscando datos, y además tenía una memoria prodigiosa", la recuerda Eduardo Toniolli, también de Hijos.

La mamá de Eduardo, Alicia Gutiérrez, fue compañera de Cecilia en esa búsqueda. "A veces se pasaba las noches enteras maquinando cómo sacar un dato, de dónde sacar un hilito para llegar a un dato. Así no solamente con la causa de la quinta de Funes, también datos que aportó para la causa Feced y en Santa Fe". Cecilia había estudiado Ingeniería Química en la capital provincial, hasta que la represión la obligó a abandonar la carrera. Sólo le faltaba la tesis. Sin embargo, en los 80, cuando volvió a Rosario, donde nació y creció, decidió continuar con su tarea de maestra jardinera que le permitió sobrevivir durante la dictadura. Fundó junto a su hermana Uma el jardín La Nube, un espacio pedagógico luminoso, donde el valor de la solidaridad y la construcción colectiva eran fundantes. "Ella conocía los detalles de todos los alumnos. En su cabeza guardaba los nombres, los sobrenombres, aparte de la percepción de lo que le pasaba a cada chico y la búsqueda de una solución", recordó Oscar Moore, su compañero de 29 años, que lleva su desconsuelo a cuestas. Cecilia murió pocos días antes de cumplir los 60 años.

En el proyecto pedagógico participativo que alumbraron en La Nube, desde el principio hubo lugar para cualquier niño o niña. "Sabía cómo lograr que los chicos superaran las dificultades. Tenía mucha paciencia con los que más la necesitaban. Hacía mucho esfuerzo por cada chico", la recordó su pareja.

Como padres de niños que concurrieron a La Nube -un lugar donde se respiraba arte y creatividad-, los militantes de Hijos resaltaron la coherencia. "En ese jardín pude ver la construcción de los valores de solidaridad, de respeto hacia el otro, como un pilar fundamental en la educación de los seres humanos. Ella me enseñó muchísimas cosas justamente por practicar la tolerancia, el respeto, el afecto. Cecilia creía en todo eso y lo traducía en su vida en hechos cotidianos permanentemente. Y todo lo hacía dejando el cuerpo, la cabeza, el corazón", rememoró Schujman.

Edu Toniolli también mandó a su hijo a ese jardín. Recuerda una anécdota: el niño tenía tres años cuando pasó por una reunión de maestras. Cecilia tenía una revista en sus manos, con una foto de Evita. El niño dijo: "Mirá, Evita", y todas festejaron. Al rato, Cecilia llamó al padre para contarle, divertida, que su hijo ya sabía quién era Evita. La relación con Alicia Gutiérrez se remonta a la primavera democrática. "La conocí en el año 86, a través de una amiga común, que me contó que mandaba sus hijos a La Nube y que Cecilia tenía también su compañero que estaba desaparecido y que había estado en la quinta de Funes. Nos conocimos, e inmediatamente hubo algo que nos unió, que era la militancia del pasado, que era común, del mismo proyecto político, y tantos años de búsqueda de justicia, eso nos unió, y de ahí en más no nos separamos", cuenta emocionada.

La amistad, la militancia, la apuesta por la vida. Cecilia siempre fue coherente. "Es una de esas personas que no pueden pasar por tu vida sin dejarte marcas porque realmente era tan humana, tan solidaria, tan observadora del otro, que dejaba huellas", apuntó Schujman.

Alicia Gutiérrez recordó que siempre se hacía un lugar para preguntar por el otro, y jamás se quejaba de sus padecimientos, que en los últimos años fueron muy intensos. "No llegó a declarar, pero vio que empezaba el juicio y los vio a los represores sentados ahí. En cambio, no alcanzó a ver que les dieran prisión perpetua", lamentó Gutiérrez. El 15 de abril de este año, cuando se leyeron las condenas contra Guerrieri, Jorge Fariña, Juan Daniel Amelong, Walter Pagano y Eduardo Costanzo, ella no estaba, pero había hecho tanto por conseguirlo, que su presencia fue inevitable. "Dejó un vacío enorme, es de esas personas que ocupan mucho espacio. Ella sostenía el mundo a su alrededor", dijo su compañero de vida. El 18 de noviembre le harán un homenaje en el Concejo municipal. También la recordarán el lunes, a las 17, en el cantero central de Oroño, en el aguante al juicio contra represores.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El camino de la verdad y la justicia

Seminara, vicerrector de la UNR brindó su testimonio contra los represores rosarinos
El vicerrector de la UNR contó ante los jueces las secuelas que le quedaron en el cuerpo luego de pasar por varias cárceles. "No te hagas matar en la tortura", le dijo Scortecchini.

 Por Sonia Tessa

Eduardo Seminara llegó rodeado de afectos a los Tribunales Federales de Rosario, donde ayer relató los delitos de los que fue víctima hace 34 años. El vicerrector de la Universidad Nacional de Rosario salió de las oficinas de Rectorado, en Italia y Córdoba, con una pequeña multitud que caminó junto a él las cinco cuadras de distancia. Los aplausos lo acompañaron al entrar y salir. En julio de 1976, cuando cumplía el servicio militar en Azul, fue secuestrado por el Comando del Segundo Cuerpo de Ejército, que lo trasladó en avioneta hasta Rosario, donde lo llevaron al Servicio de Informaciones, el centro clandestino de detención que funcionaba en San Lorenzo y Dorrego. Apenas llegó, a los golpes, lo obligaron a sacarse la ropa de soldado que vestía. "No sos digno de llevar el uniforme de la patria", le dijeron. Seminara era militante de la JUP. Sin dramatizar, detalló las torturas que sufrió, que resultan inimaginables para alguien que no haya padecido la picana eléctrica, a quien no le hayan hecho el submarino, a quien no lo hayan quemado con cigarrillos, que no haya sido tomado de las manos y las piernas para ser empujado hacia arriba y lo hayan dejado caer -con el peso muerto de su cuerpo al piso.

Seminara contó las secuelas que le quedaron en el cuerpo: durante muchos años, perdió la sensibilidad de sus manos, tiene problemas circulatorios, sufrió una infección en las piernas que fue atendida de manera semiclandestina por un enfermero, una vez que lo trasladaron a la cárcel de Rosario. Ayer brindó testimonio por quinta vez contra los represores de la ex causa Feced: "Me siento orgulloso de poder declarar, porque creo que estamos en el camino de la verdad y la justicia".

Seminara rememoró que estuvo siete días en la planta baja del Servicio de Informaciones, al lado de la sala de torturas, adonde lo llevaron varias veces. En ese lapso, no tomó agua ni comió. Pedía ir al baño para sorber el agua que salía del inodoro. Durante esa semana, lo fotografiaron para el prontuario. Recordó también que José Rubén Lofiego y Mario Alfredo Marcote le sacaron la venda de los ojos para que pudiera verlos. Y distinguió a un viejo compañero de la Asociación Cristiana de Jóvenes, José Carlos Scortecchini, que se acercó a decirle: "No te hagas matar en la tortura". Lo reconoció por la voz. Entonces, entendió por qué los torturadores también tenían datos sobre su vida privada.

La defensa de Scortecchini presentó después un testigo, Alejandro Brid, que quiso desmentir la relación preexistente entre Seminara y el oficial de policía, pero no hizo más de confirmar lo dicho por el vicerrector de la UNR. Brid confirmó que ambos compartían un grupo -sin ser amigos en la Asociación Cristiana. Ayer, Scortecchini presenció la audiencia en la sala, algo que no ocurría desde que empezó la ronda de testigos. En cambio, Lofiego y Díaz Bessone sí la siguieron desde una habitación contigua. Ellos dos enfrentan cargos por homicidios, privación ilegítima de la libertad, torturas y asociación ilícita.

Desde el SI, Seminara fue trasladado a la cárcel de Rosario, en el mismo camión celular que Carlos Corbella, Rubén Milberg y Rubén Chiartano. Cuando llegó al penal de Zeballos y Ricchieri, no querían aceptarlo por el estado de salud que le había provocado la tortura. Allí estaba también Pedro "el correntino" Galeano, diezmado por las hemorragias internas provocadas por los tormentos. Dijeron haberlo trasladado al hospital provincial, pero le aplicaron la ley de fuga. "Ese hombre no podía caminar, no podía intentar fugarse. Es un flagrante asesinato de una persona", dijo Seminara ante los jueces.

En setiembre del mismo año lo llevaron a Coronda. En esa cárcel, donde las condiciones de detención también eran inhumanas, escuchó los "gritos desgarradores" de Daniel Gorosito, cuando era sacado de la prisión para ser fusilado. El extenso testimonio de Seminara abundó en detalles de su paso por las cárceles. El 17 de noviembre de 1981 obtuvo la libertad condicional, una instancia que lo obligaba a presentarse cada mañana en el Servicio de Informaciones. Recién con la visita del Papa por el conflicto de Malvinas, en mayo de 1982, fue liberado definitivamente. "Recompuse mi vida, estudié, formé una familia, me casé, y hoy soy vicerrector de la UNR", dijo Seminara. Después de algunas preguntas de la defensa y la fiscalía, se retiró de la sala, en medio del aplauso del público. A la salida, mientras se abrazaba con sus compañeros, confesó que declarar le había "sacado de encima como diez kilos".

Testigo identifica verdugo

Testigo identifica a Lofiego
"Decía, 'a éste dénle tranquilo'"
     
Por  José Maggi

Uno de los dos testigos que declararon en la tarde de ayer aseguró haber estado detenido en la Fábrica Militar de Armas de Fray Luis Beltrán. Roberto "Chino" Hyon llegó a esa conclusión por datos comunes que tiene con quien fuera uno de sus compañeros de encierro: el contador Eduardo Azum. "Me llevaron a un lugar del que en principio no tenía precisión. Era en el campo, donde escuchaba los gallos, ruidos de animales, creía que estaba en la zona de Ibarlucea porque cuando me largaron me dejaron en ese lugar. Pensé primero en La Calamita porque me liberaron en la zona noroeste. Pero después, por personas que estuvieron secuestradas conmigo, pude saber que era la Fábrica de Armas de Beltrán. Estuve allí la primera quincena del mes de agosto de 1976, escuchaba las torturas, aparecía mucha gente que la traían de San Lorenzo, de esa zona".

"Había gente de San Lorenzo y Fray Luis Beltrán, la mayoría peronistas de la zona. Me tenían tirado en el suelo en un colchón, prácticamente no nos daban de comer, todos los días nos torturaban, nos tiraban en un elástico de cama, y nos picaneaban y este enfermo de Lofiego nos pegaba con un latiguillo. Se hacia llamar el Doctor y el Ciego, ese fue el que me puso el estetoscopio en el pecho y le dijo a los otros, 'a éste dénle tranquilo que va a aguantar'", relató.

Hyon recuerda especialmente "a una mujer a la que escuché gritar y llorar, a la que hicieron pomada, que era de la zona de San Nicolás y militaba en Vanguardia Comunista. Se escuchaba todo porque todo pasaba en la misma casa, por llamarla de algún modo".

Según relató "con Azum hablamos sobre Hugo Parente, porque los tipos estos que nos torturaban, algunos se hacían los buenos y otros los malos. Y uno me dijo: 'Quedáte tranquilo Chino, tu viejo está bien, pero a vos te batió el Hugo Parente', al que conocía pero no veía a desde hacía tres o cuatro años. Azum se había hecho amigo de Parente porque les gustaba cantar y se iban juntos a las peñas".

Roberto Hyon recordó que fue "secuestrado en los primeros días de agosto de 1976. Una banda asaltó la casa de mis padres e hirió gravemente a mi papá con dos tiros en el estómago y también con dos tiros a mi hermano menor".

Refiriéndose al único de los miembros del grupo de tareas que pudo individualizar, recordó: "Me acuerdo que como a los 3 o 4 años, después que pasó eso me fui al norte y una vez que volví estaba mirando una exposición de libros en la plaza frente a la Biblioteca Argentina y me encuentro con un amigo de Jujuy, estudiante de medicina. Estaba parado como mirando a la biblioteca y escuché una voz que me estremeció el cuerpo, era la voz de uno de los que más me habían torturado, era un enfermo. Le pregunté a mi amigo quién era y me dijo: 'Ese es el hijo de puta de Lofiego', me contestó. No pude darme vuelta para mirarme la cara, me dio un escalofrío, pero no hizo falta esa voz era inconfundible: era la de mi torturador".

Un detalle: Hyon nunca había denunciado su secuestro hasta que hace cuatro años cuando el rostro de Lofiego ganó la tapa de los diarios por su detención, Hyon padre, lo reconoció como uno de los que irrumpió violentamente en su casa de pasaje Hertz, en los primeros días de agosto de 1976. Entonces junto a sus hijos Roberto y Walter -que ayer también declaró- decidió ir a la justicia federal.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

"'Somos la muerte' decían"

Testimonios de Jorge y Norberto Ugolini

 Por José Maggi

Los hermanos Jorge  y Norberto Ugolini fueron los testigos que declararon en la tarde de ayer en el marco de la causa Díaz Bessone. Jorge fue secuestrado en su domicilio, donde se encontraba con sus hermanos y su madre, por un grupo de más de diez personas armadas entre las que identificó al Ciego Lofiego. Luego fue llevado al Servicio de Informaciones: "Ahí me empiezan a pegar como por dos horas, hacían rondas, con el discurso de 'somos la muerte, somos la triple A, te vamos a fusilar". "Era un aullido permanente, los que eran torturados con picanas aullaban". Después declaró su hermano Norberto quien confirmó el modo violento en que secuestraron a Jorge y relató las gestiones que realizaron con su familia para poder localizarlo. También el saqueo que sufrió la vivienda familiar: "No quedó ni una cucharita en casa".

Jorge Ugolini relató: "El 16 de julio de 76 fui secuestrado de mi casa por un grupo de personas en horas de la madrugada. Me despertaron los ruidos y los golpes en la puerta. Vivíamos allí mi hermano, mi hermana, mi mamá y yo. Dormía con mi hermano, en una habitación que tenía una ventana que daba al jardín. Esa noche la abro y veo a un hombre con pelo peinado para atrás, bigote, gomina, anteojos. Después supe que era Lofiego, que me amenaza con un arma y me dice que me quede donde estaba o me mataba. Empecé a sentir golpes, estaban tirando abajo la puerta del patio, cuando me volví, ví que entraban más de diez personas armadas con escopetas, fusiles, revólveres".

Y continuó: "Rompieron una cortina, me vendaron, a mi hermano también, mientras escuchaba los gritos de mi mamá y hermano. Me llevaron a la rastra a un camión creo que celular, no sé si era azul, estaba vendado, alguien me golpeaba en forma sistemática con la culata de un fusil. El camión iba de un lugar a otro, por ahí subía gente como yo detenida".

El destino según Ugolini era "la Jefatura de Policía, el Servicio de Informaciones en San Lorenzo y Dorrego, siempre vendado". "Me empezaron a pegar como por dos horas hacían rondas, con el discurso de 'somos la muerte', 'somos la Triple A', 'te vamos a fusilar', eso era como una sala que parecían varias piezas. Estábamos en un lugar en un banco, al lado mío estaba un detenido Usinger. Así estuvimos dos días. Era un aullido permanente, los que eran torturados con picanas aullaban, sentíamos los interrogatorios. A los dos días nos suben a un entrepiso, siempre vendado. En total estuve 34 días vendado".

A pedido de la abogada querellante Jessica Pellegrini, recordó con emoción a sus compañeros de cautiverio: "Eramos como 40 personas, Usinger, Cacho De María, el Ñato Tossi que escuché como lo torturaban, Simeone, entre otros". También mencionó al "correntino" Pedro Galeano a quien vio muy golpeado ("parecía que le habían reventado un órgano, sangraba por la boca, no podía comer, después supe que lo mataron"), a Eduardo Seminara, quien también estaba muy golpeado, Carlos Corbella, Marcelo De la Torre, los hermanos Gollán".

"Después nos bajaron a un sótano que estaba en el ángulo de San Lorenzo y Dorrego. La primera vez que nos bañamos fue ahí, un lugar precario donde había un espejo. Cuando me miré no me reconocí, parecía un náufrago, todo chupado, con barba", resaltó.

"En el entrepiso hubo gente que estaba muy mal, muy golpeada, entre ellos uno al que le decían 'Corrientes', después supe que lo mataron...

Cuando mi hermano me hizo entrar unas manzanas, se las di porque era lo único que podía comer. Otro muy golpeado era (Eduardo) Seminara, estaba muy azul. También a (Rubén) Milberg, que era contador, me dijo que le pegaban porque querían que firme una escritura. En el entrepiso me acuerdo de un hombre (guardia) que le decían Juan el Correntino que se emborrachaba y nos pegaba con la culata de la pistola", prosiguió.

Finalmente Ugolini recordó que los llevan a la cárcel de Rosario: "Me acuerdo que de noche nos encerraban en una celda que era como una mazmorra, desfilaban las ratas, tomábamos la leche en el jarrito en el que orinábamos, pero eso no era nada al lado de lo otro".

La patota, de cacería

Testimonio de Liliana Gómez

Por Sonia Tessa

Con una sala repleta de jóvenes en el público, la profesora universitaria y licenciada en física Liliana Gómez declaró ayer contra los represores que comandaban el Servicio de Informaciones, el centro clandestino de detención que funcionaba en la Jefatura de Rosario. El 9 de julio de 1976, en la primera salida de su casa después de una infección pulmonar que la obligó a hacer reposo por varios días, Gómez fue secuestrada y llevada al SI. Allí, "la diferencia entre el día y la noche era el ensañamiento con la tortura, los gritos de los que iban llegando. La sensación era que la patota salía de cacería", rememoró la testigo, quien contó que le vendaron los ojos con una tela adhesiva apenas llegó al centro clandestino. Le sacaron la venda en varias oportunidades. Para que viera a un compañero torturado, Pedro Galeano. "En otro momento me sacaron la venda y me hicieron firmar una declaración", relató. La fotografiaron, y cree que no fue la única. "Tengo la idea de que nos hacían pasar a todos", recordó. Casi al final, la abogada del equipo de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas, Gabriela Durruty, preguntó sobre las condiciones de esa declaración. "Salías de la tortura y firmabas ahí", recordó la sobreviviente.

Gómez era militante de la JUP. Después de seis días en el lugar destinado a los recién llegados -lindante con la sala de torturas fue llevada al sótano. "Para nosotros, el sótano era una liberación, créanme", dijo, dirigiéndose al Tribunal. "Era estar un poco más lejos, o mejor dicho, un poco menos cerca, de la muerte", recordó. De su paso por el Servicio de Informaciones, hay dos olores que Gómez no olvidará: el de la creolina y el de la adrenalina. "Cada vez que entro a un edificio público y hay olor a creolina, a mí me lleva al SI", dijo. Los otros sentidos se agudizaban porque tenía la visión obstruida.

"En otro momento que me sacan la venda, me dicen que íbamos frente a un Tribunal Militar. A Tu Sam (Carlos Brunato) le reconozco la voz. También lo veo a (José Rubén) Lofiego, que en ese momento era El Ciego o Mengele. Lo identifico después", relató. Ese "tribunal" decidió una condena de cuatro años. Entre los torturadores, además, recordó a la Pirincha (César Peralta), a Raúl Guzmán Alfaro y a Rommel (Ramón Ibarra).

Gómez relató también cuando fue pasada a la Alcaidía, donde habría unas 30 mujeres. La llegada de Dolores Aguirre quedó marcada en su recuerdo. "Tenía unos ojos claros y lindos, y el pelo teñido de rojo, cortito. Estaba permanentemente preguntando por sus hijas", apuntó. Un día la llamaron, y ella volvió muy mal. Dijo que iban a sacarla del lugar. "En ese momento, uno graba las voces. Cuando la llevan, yo reconozco las mismas voces que en el SI. Ellos sabían para qué la sacaban, y nosotros también", contó. Era setiembre de 1976. En Devoto supo que se trataba de Ruth González.

Un punto en el que se detuvo fueron las amenazas que recibieron un día que se veían pasar cajones mortuorios por las ventanas altas que tenía la alcaidía, ubicada en un subsuelo. Un jefe policial les dijo que eligieran a 30. Nadie dudó que la intención era matarlas, como venganza por un atentado sufrido por el entonces interventor de la policía rosarina, Agustín Feced, que habían alcanzado a su custodia. "Esa noche no dormimos, pensando que podían matarnos", contó Gómez.

La testigo expresó también que entonces, el juez federal le dio la misma condena que el Tribunal Militar, revocada más tarde por la Cámara Federal. Gómez tuvo palabras para su defensora de oficio, Laura Cosidoy, que fue dos veces a Devoto. "Su trato no era el de un abogado defensor. Nosotras sentíamos que nos interrogaba, que retomábamos lo vivido en el SI", indicó. Fue liberada el 24 de diciembre de 1978.

Sobre el final, Gómez dijo: "Estoy acá por lo compañeros que no pueden estar, por mis hijos". Sentada en ese lugar, rindió su "homenaje personal". "Existió un presidente que se asumió como parte de una generación devastada e impuso como política de Estado la memoria", distinguió a Néstor Kirchner. Cuando Liliana salió de declarar, el aplauso fue una ovación. La vereda de Oroño al 900 bullía de jóvenes.