Marcha por Silvia Suppo ¡Esclarecimiento y Justicia!

viernes, 6 de noviembre de 2009

Cecilia Nazabal, figura clave en el juicio a los represores

Cecilia, madre y compañera

Afectada por una enfermedad pulmonar, el jueves a la noche murió la esposa de Dussex, quien está desaparecido. Su investigación de lo ocurrido en Quinta de Funes fue clave para sentar a los represores de Rosario en el banquillo de los acusados.

Por José Maggi

Cecilia Nazábal tenía 60 años y una mezcla de variadas complicaciones en su salud que terminaron con su vida la noche del jueves, mientras luchaba por ella en la sala de terapia intensiva del Hospital Español. El mismo donde varios amigos llegaron para dar sangre convocados por los medios de prensa. Fue entonces que muchos empezaron a tomar conciencia de la gravedad de la salud de Cecilia. Pero no la mató el asma, ni siquiera el coctel de complicaciones: el cuerpo de Cecilia había soportado el enorme dolor de la pérdida de su compañero, Fernando Dante Dussex, con quien tuvo a su hijo Fer, militante de HIJOS, y bastón indiscutido en cada una de las audiencias de los juicios por terrorismo de estado que alcanzó ver en sus inicios. Allí estuvo Cecilia cada vez que sus pulmones se lo permitieron, regalando sonrisas, y sin quejarse jamás, por el clima, el tiempo o la incomodidad de estar apiñados en una sala apenas un poco más grande que una cabina telefónica. Cecilia fue velada ayer en cochería Bassi.

En cada cuarto intermedio salía entre abrazos y se sentaba en el hall luminoso del tribunal, siempre rodeada por gestos de ternura. En las audiencias era grandilocuente y su voz retumbaba en el silencio solemne de las audiencias. Pero nadie atinaba a decir una palabra: ella era una de las que más había luchado porque este juicio se realizara. Y gracias a su tozudez, llego a ver a los cinco represores sentados en el banquillo de los acusados. Así soportó el testimonio sobre el secuestro de su esposo, y también tuvo que soportar la vincha de Juan Daniel Amelong pidiendo "legalidad", y hasta las preguntas retorcidas de su defensor. Hasta que un día se aflojó, y se fue relajando tal vez confiada en que había llegado el momento.

Junto a la actual diputada provincial Alicia Gutiérrez, Cecilia investigó lo ocurrido en el centro clandestino de detención Quinta de Funes, y batallaron incansablemente ante la Justicia. Cecilia no pudo declarar en su momento porque estaba internada en terapia intensiva. "Una pieza fundamental de esta causa, mi compañera y amiga, está luchando por su vida. Estas son las secuelas de la impunidad", recordó Gutiérrez con la voz quebrada, cuando le tocó declarar.

En tren a Rosairo. En la capital santafesina se enamoró del Alemán, o Kiki como lo llamaban a Fernando Dante Dussex. Se casaron el 10 de abril de 1976 en la Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús donde el Párroco era el Padre Zanello. "Ya había sido el golpe militar y no era tiempo para encontrarnos y festejar con los compañeros entrañables, sólo algunos a lo lejos y la familia", escribió de puño y letra Cecilia el 10 de agosto de 2009.

El 22 de agosto de 1976 se vinieron a Rosario en tren. Fernando estuvo en la secretaría de Prensa de Montoneros. "Al principio vivíamos en un hotel, y luego en pensiones de las que nos mudábamos cuando alguien que las conocía, caía. Trabajó poco tiempo en un negocio que vendía repuestos de autos y autos usados. Yo estaba embarazada, esperábamos nuestro primer hijo. El 1º de mayo nos mudamos a una casa en Pasco al 7300, un barrio en la zona oeste de Rosario, muy pobre. Teníamos muy buena relación con los vecinos, participábamos de reuniones donde nos organizábamos para realizar actividades que mejoraran la calidad de vida: desmalezamientos, zanjeos, extensión de caños de agua para aumentar el número de canillas públicas, construcción de refugios para que esperaran los que iban a trabajar a los talleres ferroviarios de Pérez. Pero este entusiasmo que compartíamos con la gente se transformaba cuando cotidianamente los vecinos nos comentaban: 'destruyeron una casa a dos cuadras y se llevaron a la pareja que vivía ahí'. Los diarios mostraban esta realidad que era cada día más desesperante: el campo popular retrocedía a pasos agigantados", escribió Cecilia.

Esa mujer. Ayer muchos la recordaron, como el concejal Juan Rivero: "Hemos perdido una compañera y una mujer invalorable", recordando que junto a Alicia Gutiérrez "fueron y son bellísimamante testarudas para juzgar a los genocidas y trabajaron incansablemente" con respecto a la causa Quinta De Funes. "Perdimos a una de ellas y nos embarga el dolor", señaló el querellante en las causas a los represores de la última dictadura militar.

"Junto a Cecilia y muchos compañeros logramos poner en el lugar de juzgamiento a los represores. Ella por su amor a la vida y a la justicia fue inclaudicable en eso. Tuvo la dicha de verlos allí sentados para ser juzgados y hoy lamentablemente ya no esta con nosotros. Seguiremos adelante con los juicios por la verdad, la justicia y la memoria y Cecilia nos acompañará siempre como tantos otros compañeros que hoy no están con nosotros. La lucha de ellos y de todos nosotros no será en vano y la patria por la que tanto soñamos en algún momento se hará realidad", concluyó el edil.

Un pilar, un sostén. Pero el recordatorio más emotivo lo hizo Juane Baso, militante de HIJOS, quien la definió como "una luchadora incasable por la verdad, la justicia y la memoria de los desaparecidos, una referente indiscutible para los militantes de HIJOS, que encontramos en ella a una madre en todas sus dimensiones, una maestra que nos enseñó a continuar la lucha por el juicio y castigo y una compañera de militancia".

"Como madre de Fer, nuestro cumpa de HIJOS, ha sido para nosotros un pilar, un sostén y una guía en todos estos años de lucha en los que aprendimos junto a ella cómo transitar este camino de construcción de la justicia. Cecilia fue memoria viviente de los hechos cometidos por los asesinos de la dictadura en Rosario. Dedicó su vida a la búsqueda de la verdad de lo que pasó con nuestros desaparecidos, a denunciar con nombre y apellidos a los responsables de las torturas, secuestros, asesinatos, desapariciones, robos de bebés y el saqueo a nuestro pueblo cometidos por los terroristas de estado. Fue también contención para muchas familias de compañeros con quienes construyó lazos y contactos afectivos que fueron fundamentales a la hora de conseguir testigos para esta etapa de juicios orales. Su aporte de información, investigación y vínculos con sobrevivientes y familiares a la causa que hoy transcurre en los tribunales federales de Rosario es invaluable", remarcó el militante de HIJOS.

"Nos demostró que la persistencia en la lucha da sus frutos a pesar de los miles de obstáculos que los personeros de la impunidad nos presentaron. Dejó el cuerpo y el alma en la lucha por el Juicio y Castigo a los genocidas, y alcanzó a ver cinco de los asesinos de la dictadura sentados en el banquillo de los acusados. Fue una fuente permanente de generación de vida. Proyecto y construyó proyectos bellísimos y luminosos como el jardín de niños La Nube, una experiencia pedagógica única en la ciudad", enfatizó Basso.

"'La pérdida de tantos compañeros y el esfuerzo de tantos otros no puede ser en vano y alguna vez tendremos la Patria Justa, Libre y Soberana por la que luchamos y con la que soñamos', nos dijo Ceci alguna vez sintetizando en unas pocas palabras el sentido de nuestra lucha", recordó Juane.

"Fue demasiadas cosas para los compañeros de esta agrupación como para reflejarlo en unas pocas y rápidas líneas. Madre y Compañera son dos palabras gigantes que se acercan bastante a lo que significará siempre para nosotros", concluyó el militante de HIJOS.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Los chicos y la dictadura


Una enfermera del hospital adonde Raquel Negro secuestrada en la Quinta de Funes- fue llevada a dar a luz a sus mellizos, declaró ayer en el juicio en Rosario.También lo hizo el hijo del edil Rivero, quien tenía 11 años cuando la patota llegó a su casa.

Por Sonia Tessa

Antonia Inocencia Deharbe recordó que una tarde la llamaron porque entraba un bebé a la terapia intensiva del hospital Militar de Paraná. Era la primera vez que llevaban un niño a una sala acondicionada para adultos. La enfermera del centro asistencial adonde Raquel Negro secuestrada en la Quinta de Funes que continúa desaparecida fue llevada a dar a luz a sus mellizos, declaró ayer en la vigésimo primera jornada del juicio oral y público por crímenes de lesa humanidad contra Oscar Pascual Guerrieri, Jorge Fariña, Juan Daniel Amelong, Walter Pagano y Eduardo Costanzo. La mujer relató que trabajaba en el área de terapia intensiva y un día -que no pudo precisar la llamaron porque había ingresado una beba recién nacida, del que se comentaba que tenía un mellizo. Pero ella sólo asistió a la niña, que estaba anotada en la planilla como NN. Aunque al principio la testigo incurrió en algunas contradicciones, luego fue afinando su memoria y contó que el mismo día que ella atendió a la beba, el médico cardiólogo Alfredo Verdú, que estaba de guardia, pedía una cama para el mellizo, que estaba en muy mal estado, en el hospital de Niños San Roque. Y que el niño fue trasladado a ese centro de salud. También recordó que durante esos días hubo un movimiento extraordinario de personal militar en el hospital, y especialmente en el pasillo del sector 1 en la zona de las habitaciones 5 y 6, adonde presume que estuvo internada la parturienta, que -recordó era una civil. El primer testigo de la mañana fue Ariel Rivero, hijo de Juan Antonio Rivero, uno de los militantes que estuvo secuestrado en el centro clandestino de detención Fábrica Militar de Armas.

La enfermera. Estaba nerviosa, y al principio con una actitud reticente, que luego fue aflojando. La mujer que el jefe de la terapia intensiva era el médico anestesista Juan Antonio Zacarías, y dijo que fue él quien inscribió a la niña como NN. Dio los nombres de otras enfermeras que atendían en esa área. Recordó que vio durante dos días a la niña. La tarde en que llegó a la terapia intensiva, la beba tenía secreciones, que ella debió aspirarle. Y también le suministró oxígeno. Luego la puso en una incubadora. Al día siguiente volvió a verla en terapia intensiva, pero al tercer día, cuando llegó, la beba ya no estaba. Hoy se sabe que aquella beba era Sabrina Gullino, hija de Raquel Negro y Tucho Valenzuela, que fue abandonada en el Hogar del Huérfano de Rosario. Según la declaración de Eduardo Costanzo, los encargados de ese traslado fueron Walter Pagano y Juan Daniel Amelong.

Cuando terminó la declaración de la testigo, la fiscal Mabel Colalongo solicitó que se cite a los doctores Zacarías y Verdú, así como a las enfermeras que estuvieron de guardia en terapia intensiva durante esos días, previa averiguación de su estado procesal. De hecho, Zacarías está procesado en la causa Trimarco, que se lleva adelante en Entre Ríos contra el ex jefe del II Cuerpo de Ejército.

Un niño. Ariel Rivero tenía once años el 12 de mayo de 1978, cuando la patota llegó a su casa de la zona sur, donde estaba con su madre Griselda, su hermana Viviana de 7 años y su primo Manuel, de apenas seis meses. Manuel era el hijo de Adriana Arce, que también fue privada ilegítimamente de la libertad y llevada a Fábrica Militar de Armas.

El relato de Ariel abundó en detalles sobre el día de la detención, y cómo la patota los tuvo cautivos en su propia casa durante muchas horas, primero esperando la llegada de su padre, que había ido a buscar el partido que le correspondía como árbitro de fútbol, un trabajo que combinaba con sus tareas de obrero metalúrgico. Después de haberse llevado a Juan, esperaron a alguien más, ya que permanecieron una semana o diez días ocupando el domicilio.

"Para un chico de apenas once años eran todas personas grandotas, había algunos vestidos con ropa azul y otro morocho tenía un pantalón verde", relató sus recuerdos. También contó que cuando estaban llevando a su padre, él atinó a seguirlo. Y uno de los integrantes de la patota quiso llevarlo también. Lo describió como morocho, morrudo, robusto, con pelo ondulado y corto. En cambio, otro de los represores se lo impidió. "Dejalo que es un pibe, es un pibe muy chiquito", le dijo. "Este otro señor, que no está acá en esta sala, dijo que había que llevarme porque teníamos la cabeza contaminada desde chiquitos", relató Ariel. Finalmente, el otro le dijo: "Te dije que lo dejes". Y Ariel se quedó con su madre, su hermana y su primo en su casa, adonde la patota estuvo algunos días más.

Al día siguiente, su madre los llevó a la casa del abuelo paterno, de donde volvieron cuando la patota se había ido. Encontraron los muebles destrozados, y les faltaban varios objetos. Griselda estaba embarazada, y al poco tiempo tuvo a Fernando. Como los represores le habían dicho que llevaban a su esposo a la Jefatura de Policía, comenzó por allí. Pero no encontró nada. Estuvo meses sin saber nada de su marido, hasta que fue llevado al Batallón 121. La mujer trabajó en la limpieza de casas para mantener a sus hijos durante los 5 años que Juan Rivero permaneció primero secuestrado y luego detenido en las cárceles de Coronda, Caseros y Rawson. El 24 de diciembre de 1982, Juan Rivero recuperó la libertad. "Ahí comenzamos con nuestras nuevas vidas", dijo aquel niño, hoy un adulto, maestro de escuela.

Volver a la 4ª, volver al horror. El olor sórdido como hace 30 años


TRECE TESTIGOS RECONOCIERON EL LUGAR DONDE ESTUVIERON SECUESTRADOS

La seccional policial fue uno de los centros de torturas más emblemáticos de la guerra sucia en la ciudad de Santa Fe. Un grupo de sobrevivientes identificó la cochera por donde entraba la patota. "Tenían acceso directo a los calabozos", recordaron.

Por Juan Carlos Tizziani

El Tribunal Oral que juzga a los represores santafesinos inspeccionó ayer uno de los centros de torturas más emblemáticos de la guerra sucia: la seccional 4ª, donde volvió a escuchar los relatos de trece testigos que ya declararon en el juicio y a uno de los imputados que hasta ahora no habló: el comisario Mario Facino, jefe de la comisaría hasta fines de 1976. Ana María Cámara y Anatilde Bugna nunca habían vuelto a los calabozos donde estuvieron algunas horas después de su secuestro, el 23 de marzo de 1977, en una escala hacia otro centro clandestino conocido como "La Casita" que aún no fue localizado. Ayer, regresaron a ese cubículo de un metro por uno y medio, sin ventilación y una puerta ciega. Ninguna de las dos había llorado en su testimonio ante los jueces, pero la pérdida por los que ya no están y sufrieron el martirio de la 4ª las quebró en llanto. "Lo primero que nos golpeó fue olor a sórdido. Tienen el mismo olor que hace 30 años", dijo Ana María, aún impactada por la vuelta a la oscuridad.

La inspección se realizó por etapas. El primero fue Facino que explicó al Tribunal cómo funcionaba la comisaría cuando él estaba al mando. Desde entonces hubo varias reformas, entre ellas el cerramiento de un portón con cadenas que comunicaba la cochera con el resto del edificio. El grupo de tareas ingresaba al garage con los vehículos y secuestrados a bordo: tenían acceso directo a los calabozos y a las celdas con rejas que sus víctimas llamaban "Las leoneras". Hoy, ese acceso no existe, así que para llegar a la cochera hay que caminar por la vereda, como ayer lo hizo Facino, rodeado por jueces, fiscales y defensores. Tres policías lo custodiaban. Una colega lo siguió con su cámara y Facino reaccionó con su mejor pose y una orden: "Dale, saquen ahora", le dijo. Y Gabriela Albanesi tomó la foto que ilustra esta nota.

Después, siguió otro ex policía, Luis Enrique Monzón, que era oficial en la 4ª en noviembre de 1975, cuando los represores trajeron a un estudiante universitario. El escuchó sus gritos de dolor y desesperación casi desde la calle. Ayer, repitió el mismo camino que hizo entonces para asistirlo, darle un sorbo de agua y después llevarle una esquelita a su familia. El detenido era Jorge Pedraza, uno de los querellantes en el juicio. "Hice el mismo recorrido y expliqué lo que había hecho", dijo Monzón a Rosario/12. Ese gesto de humanidad le costó 21 meses de cárcel y la cesantía.

Pedraza recordó la rutina de los represores. "La patota entraba por la cochera después de las diez de la noche, aunque a veces lo hacía antes. Tenía acceso directo a los calabozos y a las celdas que hoy no existe, pero que fue reconocido" por los testigos.

El segundo grupo se completó con Orlando Barquín, Francisco Klarick y José Schullman que pasaron por la comisaría en distintas épocas. "Yo pude reconocer los dos lugares donde estuve secuestrado y confirmar que al lado había una celda chiquita donde estaba Alicia López", dijo. Schullman tiene un recuerdo borroso de sus diálogos con Alicia, pero sabe que fueron reales. "También pude encontrar la oficina donde me interrogó (otro de los imputados en el juicio, Víctor) Brusa, que está sobre la calle Zavalla. Lo principal es que todos confirmamos el lugar donde estuvimos detenidos. Y que la disposición de los espacios ratifica que todos los estaban en la 4ª sabían lo que pasaba", explicó.

Según Schullman y otros testigos surgieron algunas dudas para identificar las salas de torturas y de interrogatorios. En el juicio, tuvieron que reconocer la comisaría 4ª con un plano actual, donde ni siquiera figura la cochera por donde ingresaban los grupos de tareas de la dictadura. Ya en 1984, la Conadep confeccionó un croquis de la 4ª que ubicó el circuito de los detenidos: el ingreso por la cochera, los cuatro calabozos, dos celdas, cuatro salas de torturas y dos de interrogatorios (que daban sobre la calle Zavalla), todo en la planta baja.

Más tarde siguieron Bugna, Cámara y Patricia Isasa. Quedaron impactadas por los calabozos. "Tienen el mismo olor sórdido", dijo Cámara. Las dos estuvieron en esos calabozos junto con otra compañera de militancia, Raquel Juárez. Fueron pocas horas, porque las trasladaron a un centro clandestino en las afueras de Santo Tomé que aún no han podido encontrar. "Las leoneras son de terror. Yo no puedo creer que tantos compañeros hayan estado metidos ahí. Y lo más grave es que lo siguen usando 30 años después y en las mismas condiciones", agregó Bugna.

El reconocimiento siguió con Roberto Cepeda, Mariano Millán Medina y Carlos Pacheco. Al final, les tocó a los esposos Daniel García y Alba Sánchez que estuvieron de paso en la 4ª porque también los llevaron a otro chupadero, en San José del Rincón. "Reconocimos la cochera por el ruido del portón, el lugar por donde nos metían en la comisaría y los calabozos, en uno de esos estuve yo porque cada vez que me golpeaba tocaba pared, era un espacio muy reducido", dijo García. En cambio, Alba reconoció una celda más grande que tenía un banco de porland donde se sentaba.

El defensor oficial Fabio Procajlo, que asiste a Brusa, le preguntó a Sánchez si el ruido que había escuchado era de cadenas o un chirrido. Ya en las audiencias había indagado sobre las características y el material de las capuchas o si eran nuevas o usadas. "Una cosa es venir ahora y reconocer ese ruido y otra que lo traigan a uno aplastado en un auto, con palos encima y la capucha ajustada. Si tengo que venir dentro de cinco años, seguramente el ruido me va a parecer distinto", le contestó Alba.

martes, 3 de noviembre de 2009

Un represor que quiere volver a torturar


La abogada Virginia Blando Figueroa escuchó decir al imputado: "Esto se está poniendo calentito, hace falta un poco de bencina", poco después de que una sobreviviente relatara cómo le quemaron la cabeza con ese solvente a un compañero.

Por José Maggi

El represor Juan Daniel Amelong tuvo ayer un grave altercado con una abogada querellante, quien reaccionó ante sus dichos. Según relató a Rosario/12 la abogada Virginia Blando Figueroa, todo sucedió cuando los miembros del Tribunal Oral Federal Nº1 se retiraban al inicio del cuarto intermedio luego de escuchar la declaración de Olga Moyano, quien relatara como le habían quemado con bencina el cabello a Ariel Morandi. "Esto se está poniendo calentito. Lo que hace falta acá es un poco de bencina", aseguró Blando que dijo Amelong. "Ante esto, que sonó obviamente intimidatorio a las partes que estábamos presentes en la sala de audiencias, le pido al defensor Héctor Galarza Azzoni que lo haga callar y que el imputado se abstenga de hacer ese tipo de comentarios. Amelong se dirige entonces a mí y me pregunta que es lo que él mismo había dicho, y luego de negarlo en primer término, termina reconociéndolo, 'Sí, acá lo que hace falta es un poco de bencina', repitió mirándome", relató la abogada. El contexto le da un contenido siniestro. El comentario es más que agresivo, ya que sólo minutos antes, Olga Moyano había relatado su experiencia de escuchar los gritos de Ariel Morandi, mientras era quemado en la cabeza con bencina, y cómo la habían hecho sentar sobre el abdomen de Ariel mientras lo torturaban, pese a que él mismo les pidió a sus torturadores que se la saquen de encima porque ella también iba a terminar quemada. Pocos minutos después del testimonio, Amelong hizo este comentario.

Luego del exabrupto, Virginia Blando pidió al tribunal la expulsión de la sala de audiencias de Amelong, -que fue suscripta por la fiscal Mabel Colalongo- pero al cierre del debate el presidente Otmar Paulucci decidió correrle vista al fiscal en turno para que investigue.

No menos ocurrente fue la postura de Galarza Azzoni, quien hasta ayer era más conocido por su apodo "Mito", y de ahora en más lo podrá ser por la desopilante defensa de su representado: el defensor oficial aseguró que todo fue fruto de una "conversación privada entre defensor y defendido que tiene garantía constitucional", y que la misma no debía ser entendida como una declaración intimidatoria ni un exabrupto.

"Quiero que se revisen las grabaciones televisivas y allí se verá que estoy de espalda a la cámara hablando con Amelong, -aseguró Mito como pidiendo un telebean-. Por lo cual, esas declaraciones fueron en el contexto constitucional, es decir diálogo con el defensor y defendido" remató Galarza Azzoni, reconociendo implícitamente que las habría escuchado.

Pero no todas fueron negras ayer para el Tribunal Oral Federal Nº 1: el presidente Otmar Paulucci accedió ante la requisitoria de la fiscal Mabel Colalongo, para que el juzgado federal de Marcelo Bailaque investigue al ex juez federal Pedro Tiscornia quien fue denunciado por varias víctimas, como Adriana Arce, Juan Rivero y Ramón Verón entre otros, por haberse negado a tomar denuncias por torturas.

Colalongo remarcó: "Hemos escuchado el nombre del ex juez federal Tiscornia, quien fue señalado por posible incumplimiento de sus deberes de funcionario público y el posible encubrimiento de delitos de lesa humanidad".

Hace sólo dos semanas, la abogada querellante Ana María Figueroa había solicitado al tribunal que enviara las desgrabaciones de las declaraciones de Eduardo Costanzo, Mercedes Domínguez, Adriana Quaranta, entre otros, quienes habían señalado a varios represores a los que identificaron por sus alias y en algunos casos con su verdadero nombre.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Un sobreviviente describió en detalle "La Casita"


Rafael Bugna. VICTIMA DE LA REPRESION EN SANTA FE
Por Juan Carlos Tizziani

Un testigo que declaró ayer en el juicio a los represores santafesinos describió hasta con detalles el lugar donde fue torturado en el centro clandestino de detención llamado "La Casita", que áun no fue localizado a pesar de una búsqueda que ya lleva 30 años. Rafael Bugna es técnico constructor. Un grupo de tareas lo secuestró el 18 de agosto de 1976 en su propio estudio cuando militaba en la Juventud Guevarista. Le robaron hasta un transformador de energía que después sus secuestradores utilizaron para fabricar una picana eléctrica con la que atormentaron a su hermana, Anatilde Bugna, detenida ocho meses después, el 23 de marzo de 1977 y hoy querellante en la causa. Un rato antes, habían declarado ante el Tribunal Oral la madre de Stella Vallejos y el hermano y el ex novio de Ana María Cámara, que ratificaron el testimonio de ambas.

Bugna fue detenido en su estudio del microcentro, en 1º de Mayo y Crespo. Logró identificar a un integrante del grupo de tareas por su alias "El pollo" que después, por el relato de su madre, supo que era el comisario Héctor Colombini, imputado en el juicio. Lo llevaron con las manos atadas a la espalda en un auto particular hasta la comisaría 4ª, donde "me sacaron el gamulán y un reloj que nunca más volví a ver. Y me tiraron en uno de los calabozos del fondo", dijo.

A la noche, el grupo lo volvió a buscar para llevarlo a "La Casita". Lo sacaron de la celda y en el mismo garage de la comisaría 4ª le vendaron los ojos y lo metieron en la parte de atrás de un vehículo que él cree que era un Fiat 128 color bordó. "Salí del calabozo como un preso y pasé a ser un NN", precisó. El paso de un estado a otro era la puerta que conducía al garage de la seccional.

Después de un viaje corto llegó al centro clandestino. "La Casita era un lugar abierto, cerca del río, por el perfume de la noche. Y no estaba lejos de la ruta", explicó. Tuvo que subir unos escalones, lo empujaron a una pieza donde lo maniataron en un sillón de jardín de hierro. "Durante la tortura, me pasaron la música de Los Beatles y Almendra con los mismos discos y en el mismo equipo que me habían sacado del estudio".

Pero la venda en los ojos se fue aflojando y cuando queda solo pudo ver dónde estaba. "Lo primero que veo fue un placard donde había un cartel que decía: 'Mansión Borgia'. Estaba escrito en un papel blanco con letra prolijas", recordó Bugna. Otros detenidos, Daniel García y Alba Sánchez, que hoy declaran en el juicio ya dijeron que el centro clandestino donde estuvieron secuestrados en San José del Rincón desde fines de 1977 hasta mayo de 1978 el grupo de tareas lo llamaba "El Borgia".

Por su propia profesión, Bugna guardó en su memoria el lugar donde lo torturaron. "La casa era un chalet californiano, de esos que se construyeron por los planes Eva Perón y el Banco Hipotecario Nacional. La habitación era de 3 por 4", relató.

Después de la tortura, lo cruzaron a otra pieza, enfrente. La casa tenía un pasillo que comunicaba a las habitaciones de uno y otro lado. Y Bugna pudo reconocer la disposición de los ambientes por un croquis que el abogado de su hermana presentó en el juicio. "Ahí apareció un señor amable, de voz ronca, de una persona mayor, que se me sienta al lado. Alcanzo a ver que era algo gordito, Me convida café, pero me dice que lo tome despacio. Tomo uno o dos tragos. Me lleva al baño que quedaba al lado de la habitación", dijo. Era "El Tío", el apodo con que se hacía llamar el ex suboficial del Ejército y experto en inteligencia militar, Nicolás Correa. A la noche, volvió a la comisaría 4ª.

-¿Sabe quien era el jefe de la 4ª? le preguntó el fiscal Martín Suárez Faisal.

Con el tiempo me enteré que era (el comisario Mario José) Facino contestó. Facino es otro de los imputados en el juicio.

¿Quién lo buscó en la 4ª para llevarlo a la Casita?

No lo sé. Creo que me llevaron en un Fiat 128 bordó.

¿Eran los mismos agentes de la comisaría o era otros? -planteó el fiscal José Ignacio Candioti.

Eran otros que tenían libre acceso a la 4ª. Me vendaron los ojos. Y me llevaron a La Casita dijo Bugna-, quien recuperó su libertad cinco años después, el 8 de julio de 1981 y nunca tuvo un proceso judicial.

miércoles, 28 de octubre de 2009

"¿Dónde están los que tenían acá?"


Patricia Isasa increpó a otro de los testigos que participaron en el reconocimiento de la Guardia de Infantería Reforzada: el ex chofer del Area 212, Eduardo José Córdoba, que estuvo a las órdenes de los dos jefes de la Oficina de Coordinación, Jorge Alberto Villalba y Juan Calixto Perizzotti. Córdoba intentó saludarla, pero Isasa lo frenó. "Qué me venís a saludar si sos un cómplice", le dijo.

Después, cuando Córdoba esperaba en una oficina de la GIR al lado de la que alguna vez fue el despacho de Perizzotti con las ventajas abiertas y detrás de las rejas, Isasa volvió a cruzarlo desde la vereda. "¿Donde está esta gente que tenían acá en el '79 cuando me secuestraron a mi? Por favor. ¡Vos lo sabés! ¿Dónde están las Casitas? ¿Quién sacaban los cuerpos de los que se le quedaban en la tortura? ¡Vos sabés todas esas cosas y muchas más! le reprochó Patricia..

No, está equivocada le contestó Córdoba.

No tenés cara... ¿Sabés qué es lo peor? Que a esta altura de la vida lo único digno que podés hacer es hacerte cargo y llevar tranquilidad a un montón de familias.

Después, Isasa dijo que interpretó el saludo de Córdoba como una "vergüenza y una canallada". Y recordó que el 2 de julio de 1979, cuando secuestraron a su amiga Viviana Cazoll, en una casa San Martín y Buenos Aires, el chofer que manejaba el auto era Córdoba y ella la reconoció. La madre de Viviana lo corrió en otro auto y llegó hasta la Guardia de Infantería. Y lo increpó a Córdoba. Y le dijo: 'Tomá, dale un saco a Viviana'. Los otros detenidos fuimos José Luis Toledo, Raúl Bisso y yo. Pero había unas 20 personas más", afirmó.

Regreso al infierno


Una prueba judicial sobre el horror

Por el centro clandestino de detención pasaron cientos de detenidos durante la dictadura. Una de las imputadas, María Eva Aebi, entregaba a las presas para los interrogatorios.

Por Juan Carlos Tizziani

El Tribunal Oral que juzga a los represores santafesino inspeccionó ayer la Guardia de Infantería Reforzada (GIR), un centro clandestino de detención por donde pasaron cientos de víctimas de la dictadura. Diez querellantes y testigos pudieron reconocer 30 años después y frente a los jueces el lugar de su martirio: la Coordinación del Area 212 que dependía del comandante militar, coronel Juan Orlando Rolón, pero que estuvo a cargo de dos comisarios: Julio Alberto Villalba ya fallecido y desde mediados de 1977, Juan Calixto Perizzotti, imputado en el juicio junto a su ex secretaria María Eva Aebi. Perizzotti participó en el reconocimiento judicial con otro testigo que fue citado a declarar la semana pasada: un ex chofer del Area 212, Eduardo José Córdoba, que sirvió a las órdenes de Villalba y Perizzotti hasta 1979, pero que se atajó en su desmemoria. Una ex presa política recordó que diez mujeres convivieron catorce meses en una celda a la que llamaban "El colectivo" porque no era otra cosa que un pasillo sin baño y sin sol, así como los malos tratos, las torturas psíquicas y los interrogatorios nocturnos, cuando Aebi venía a buscarlas, las encapuchaba y las entregaba a los torturadores. "Lo más tenebroso era que el grupo de tareas operaba acá con total libertad", dijo Stella Vallejos.

La inspección se hizo por etapas. El primero fue el abogado Jorge Pedraza, detenido el 6 de noviembre de 1975, que ayer reconoció el lugar donde estuvo encapuchado y maniatado en un camastro de torturas. Fueron varias horas en las que pudo escuchar las comunicaciones del Comando Radioeléctrico que también operaba en la GIR. Ayer, logró identificar ese espacio y reconocerlo. Después, siguió Patricia Isasa, detenida dos veces en el Area 212: a mediados de 1976 cuando apenas tenía 16 años y tres años después, en julio de 1979, junto a otros militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (ver aparte). Isasa convivió con otras menores de edad, entre ellas María de los Milagros Almirón, que tenía 14 y cumplió sus quince en la GIR, el lugar al que también volvió ayer. Más tarde, siguieron tres sobrevivientes de "El colectivo": Anatilde Bugna, Stella Vallejos y Ana María Cámara, luego Susana Molinas y por último, Roberto Cepeda, Mariano Millán Medina, José Schullman.

"Las condiciones en las que estábamos eran terribles", recordó Vallejos. "Vivíamos en un pasillo ancho donde apenas entraban las cuchetas y en la punta había una mesa donde comíamos. No teníamos baño. Había un baño muy chiquito que compartíamos con presas políticas de otras piezas más grandes. Ayer, Stella y sus compañeras volvieron al "Colectivo" que ahora le pareció más estrecho y miserable. Ya no era la ironía para soportar el terror.

"Lo más tenebroso de este lugar era el grupo de tareas que ingresaba con total libertad", precisó Vallejos. "Sufríamos interrogatorios durante la noche, algunas íbamos encapuchadas y otras con los ojos vendados y casi siempre nos llevaba María Eva Aebi o el comisario Perizzotti. En algunos momentos, nos ponían música fuerte para hacer más tétrica la vivencia. Acá también tuvimos el interrogatorio con el doctor (Víctor) Brusa que nos maltrató".

Una de las que más sufrió los interrogatorios nocturnos fue Silvia Abdolatif, que no participó en la inspección, pero que en el juicio dijo que la sacaron por lo menos diez veces en un mes. Siempre la buscaba Aebi. La encapuchaba y la dejaba contra una pared, donde venían a buscarla dos represores que amenazaban con sacarla del Area 212 y ejecutarla. "Cuando sacaban a una de nosotras, se creaba un clima de terror, nadie dormía y ese temor se contagiaba", relató Stella Vallejos.

¿Quién las entregaba al grupo de tareas?

Casi siempre lo hacía María Eva Aebi. Era el nexo entre las detenidas políticas con la patota. En este lugar, la patota operaba con total libertad contestó Stella.

Anatilde Bugna dijo que los interrogatorios se sucedieron hasta el día que salió en libertad. El método del terror se repetía: la noche, la capucha o la venda en los ojos y las esposas. "Yo siempre estuve vendada y esposada. Cuando nos interrogó Brusa llegué esposada hasta la puerta", dijo.

En su declaración ante el Tribunal, Bugna dijo haber visto en distintos momentos, pero en el mismo lugar: la oficina de Perizzotti, a dos represores: el teniente coronel Manuel Morales, preso en la megacausa que investiga crímenes de lesa humanidad al que pudo reconocer por una foto que publicó Rosario/12 y el coronel Jorge Fariña, imputado en el juicio por la quinta de Funes. "Al capitán Morales lo identifiqué ahora por la foto del diario. La última vez que salí al patio, me llevaron hasta la oficina de Perizzotti, donde estaba María Eva Aebi y tres hombres más. Uno estaba sentado y estoy practicamente segura que era el capitán Morales. Lo que dije en el juicio, el grupo de tareas que me secuestra no es el mismo que más adelante me interroga en la GIR. De todas maneras, sabían el libreto porque el discurso era el mismo. Y al oficial Fariña estuvo trabajando en la oficina de Perizzotti, no todo el año de mi detención, pero sí un tiempo prolongado. Y le decían oficial Fariña", concluyó Bugna.