Marcha por Silvia Suppo ¡Esclarecimiento y Justicia!

lunes, 7 de septiembre de 2009

No quieren fotos que los recuerden


El Tribunal Oral rechazó el intento del abogado de un represor para que un querellante, José Schulman, se desprendiera de la foto de una docente y militante de las Ligas Agrarias desaparecida, Alicia López, que porta en su pecho desde que comenzó el juicio. Schulman es uno de los que compartió con Alicia su martirio en la seccional 4¬, estuvo en el calabozo de al lado, y denunció a quien entonces estaba al mando de la comisaría hasta fines de 1976, Mario Facino. La causa por la desaparición forzada de Alicia fue elevada a juicio oral la semana pasada para juzgar a Facino por cuatro cargos, entre ellos "homicidio". Distinta fue la situación en el juicio que se lleva adelante en el Tribunal Oral de Rosario, donde Elida Luna debió sacarse el pin de la agrupación Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas, por indicación del personal de Gendarmería, a partir de una orden del Juzgado.

En Santa Fe, después de un cuarto intermedio, el abogado Claudio Torres del Sel, defensor del ex coordinador del Area 212 que operaba en la Guardia de Infantería Reforzada, Juan Calixto Perizzotti, sorprendió con un planteo. "En el café de al lado, he tenido un incidente con el señor Schulman. No lo voy a comentar porque creo que no pasa más que de una reacción que, si bien no la justifico, no me causa ningún tipo de temor ni de amedrantamiento. Sí voy a solicitar al Tribunal que se haga respetar lo que dispone el artículo 369 del Código Procesal de la Nación y dado que el señor Schullman se encuentra dentro de las partes que estamos litigando en este juicio, se le haga retirar la foto que guarda sobre su cuello porque es la manifestación de un sentimiento que seguramente lo tiene, pero que puede causar determinado resabio o inclinaciones hacia mi defendido y hacia el propio Tribunal", dijo Torres del Sel.

La abogada de Schullman le contestó: "Mostrar una fotografía de una persona que no puede estar presente porque está desaparecida de ninguna manera ni violenta el derecho de defensa ni a los imputados".

Es la muestra de un sentimiento, como marca el artículo 369 insistió Torres del Sel.

El presidente del Tribunal frenó al abogado. "La sola existencia de la foto, si el señor Schullman no hacen ningún tipo de ademán ni gesto de reprobación, no afecta de ninguna manera el normal desenvolvimiento de la audiencia", dijo el juez Roberto López Arango. Algunos aplausos se escucharon en la sala. "Sin perjuicio de eso, advirtió López Arango le pido al señor Schullman que controle sus sentimientos".

Otro abogado querellante, Guillermo Munné, solicitó entonces que la advertencia se extienda a los imputados para que eviten "los gestos de cualquier tipo, provocadores o intimidatorios, incluso dirigido hacia el público porque no contribuyen al normal desenvolvimiento de la audiencia. Ese recordatorio sería de utilidad".

La advertencia es para todos los presentes concluyó el presidente del Tribunal.

domingo, 6 de septiembre de 2009

"La comisaría 4ª era como una carnicería"


Roberto Cepeda fue chupado en Córdoba, donde estuvo en La Perla, pero luego lo llevaron a Santa Fe. También recuerda el paso del obispo Casaretto por la seccional.

Por Juan Carlos Tizziani

Desde Santa Fe

"La Perla era un laboratorio de torturas. La seccional 4ª una carnicería". Roberto Cepeda, un ingeniero agrónomo y militante político que pasó por los dos centros clandestinos de detención, el de Córdoba y el de Santa Fe, no tiene dudas sobre los métodos del terror. "La 4ª era una carnicería porque torturaban de cualquier manera. Antes de llevarte a la 'parrilla', te agarraban a golpes en el patio, te podían matar de una patada o jugaban al fútbol con vos. La Perla era muy terrible, muy meticulosa, pero lo de la comisaría 4ª era totalmente distinto a lo que he visto y escuchado de otros campos de concentración en el país. Era muy brutal", afirmó.

Cepeda estuvo secuestrado más de un mes en la 4ª, en un calabozo de un metro por dos, encapuchado con su propio pulover y la cabeza bañada en sangre. Es uno de los denunciantes del ex juez Víctor Brusa en el juicio oral y público que comenzó la semana pasada. Ya lo acusó ante la Conadep, en 1984; en el jury de enjuiciamiento en el Consejo de la Magistratura, en 1999 y en la causa abierta en Santa Fe, en 2003. Ahora, tiene que declarar ante el Tribunal Oral Federal que enjuicia a seis imputados por delitos de lesa humanidad, el 14 de octubre.

"El caso de Santa Fe es paradigmático -dijo Cepeda porque acá había funcionarios de la justicia que tomaban declaraciones en los centros clandestinos. Es terrible. No merecerían ir a juicio porque ellos no nos dieron esa posibilidad, iban a los centros de torturas como el juez (ya fallecido Fernando) Mántaras, (el ex secretario Víctor) Montti y Brusa. Una vez, Montti me dijo personalmente: 'Por favor, hace algo por mí, acordate que yo no soy Brusa, nunca lo fui'. Y yo le contesté: 'Pero vos y Mántaras armaron una declaración mía en un campo de concentración'. Bueno, todo esto lo vengo repitiendo desde que declaré ante la Conadep".

"A mí me secuestraron el 11 de mayo de 1977 en una escuela agrotécnica de colonia Vignaud, en Córdoba", relató Cepeda. El grupo de tareas lo trasladó hasta La Perla y luego al campo La Rivera, dos centros de torturas y exterminio que estaban bajo el mando del ex jefe del III Cuerpo de Ejército durante la dictadura, Luciano Benjamín Menéndez. En julio, un oficial y un suboficial del Destacamento de Inteligencia Militar 122 lo van a buscar y lo traen a Santa Fe bordo de un Renault 12 azul, encapuchado. "Me tiraron en un calabozo de la seccional 4ª. Y durante días me torturaban por deporte en cada cambio de guardia, en forma permanente. No había preguntas concretas, parecía un ablande", recordó.

Fue en esa época cuando se topó con Mántaras y Montti. "El juez iba a tomar declaración a los torturados y a los desaparecidos. Yo era un desaparecido. Y junto con Mántaras estaba Montti", precisó. En agosto de 1977, lo pasaron a la Guardia de Infantería Reforzada (GIR) y luego a la cárcel de Coronda, desde donde lo traían a la seccional 4ª a declarar. "Ya no vi más a Montti, ahora el personaje que me interrogaba era Brusa", relató Cepeda.

"Brusa era un gran conocedor de todo el entretejido de la organización Montoneros. Eso es lo que llama la atención, que la única forma de saber tanto era ser parte de la patota. O compartir datos de inteligencia. La particularidad de Brusa es que siempre estuvo armado todas las veces que lo ví en la comisaría 4ª. Hacía ostentación de las armas que llevaba en su sobaquera, se sacaba el saco y tiraba el revólver arriba del escritorio, eso era algo bastante usual en él. Y otra cosa increíble: en el escritorio tenía como souvenir una granada de Montoneros, que era un regalo del EjérAñadir imagencito a sus mejores hombres. Ese es Brusa", señaló.

¿Y a quién más vio en la 4ª?

A monseñor (Jorge) Casaretto, (actual obispo de San Isidro y presidente de la comisión de Pastoral Social del Episcopado argentino). El líder del amor y los pobres estuvo en un campo de concentración, me vio y no le avisó a mis padres -dijo Cepeda en un tono amargo.

¿Casaretto ya estaba en la diócesis de Rafaela?

Sí, y él fue porque había tres compañeros de Rafaela que él conocía. Ellos le dijeron que yo estaba en la 4ª y había pedido verlo para que le avisara a mi familia que estaba vivo. Mis pobres viejos recorrían el país sin saber dónde encontrarme. Entonces, me parecía fundamental darle la tranquilidad a mis padres. Casaretto me vio pero no les avisó.

¿Y cómo vive el comienzo del juicio?

Es una alegría. Pero más alegría es ver en la gente cada vez más conciencia que esto fue real, terrible y eso me reconforta más que los juicios. No digo que no necesitamos (los juicios), pero en 35 años más necesitamos recuperar una sociedad hermana del miedo. Y esto es espacio más para que la gente tenga elementos para decir que estas cosas ocurrieron", dijo Cepeda. Y agregó: "El juicio es docencia para una sociedad enferma de miedo y de desconfianza, pero lo que más interesa es que los jóvenes de cualquier parte del país sepan quiénes eran Brusa o Astiz. Porque es la salud de mi pueblo: reconocer estos hechos para que no se repitan nunca más".

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Dos mujeres íntegras en primera fila


COMO FUE LA SEGUNDA JORNADA DEL JUICIO A REPRESORES EN TRIBUNALES DE ROSARIO

Ayer se escucharon de parte del secretario del Tribunal Oral Federal Nº 1, cómo fueron los secuestros de Marta María Forestello, de 24 años, y Fernando Dante Dussex. Madre y esposa de las víctimas no pudieron contener el llanto en la sala de audiencias.

Por Sonia Tessa

Cerca del mediodía de ayer, el secretario del Tribunal Oral Federal Nº 1, Osvaldo Facciano, leyó dentro de la requisitoria de la elevación a juicio de la fiscalía , cómo fue el secuestro de Marta María Forestello, de 24 años, una de las víctimas que estuvo cautiva en el centro clandestino de detención la Quinta de Funes. La madre de la joven, Adela Panelo de Forestello, estaba en la primera fila de la sala de Audiencias y no pudo contener el llanto. También Cecilia Nazábal, presente en la sala, rompió en un silencioso llanto cuando escuchó las circunstancias del secuestro de su esposo, Fernando Dante Dussex.

Cuando se acercó un compañero para abrazarla, Adela le dijo "la torturaron hasta matarla", sin consuelo. A menos de un metro de la mujer, separados sólo por un blíndex, se encontraban los acusados por ese y otros asesinatos en el primer juicio oral y público contra responsables del terrorismo de Estado en Rosario. Eduardo Costanzo estaba sentado al lado de un gendarme, que lo separaba -aunque en la misma fila de sillas de Jorge Fariña, Walter Pagano y Juan Daniel Amelong. En una habitación contigua se encontraba Pascual Guerrieri, el imputado de mayor jerarquía militar, quien había pedido salir de la sala de audiencias.

Amelong tenía un traje azul y una corbata rosa, y tomaba anotaciones, especialmente durante la lectura de la requisitoria de la querella que desestima la figura de obediencia debida, basado en el fallo de la Corte Suprema de Justicia para el caso Simón. Amelong, conocido en los centros clandestinos como "teniente Daniel", se había llevado una edición del Código Procesal Penal de la Nación, que puso debajo de su silla. La fila tenía un lugar vacío: el propio Guerrieri pidió seguir la audiencia desde otro lugar, así que no estuvo durante la mañana. Walter Pagano se cuidó muy bien de mirar para atrás, de manera desafiante, como lo había hecho durante todo el primer día del juicio, hasta que Eduardo Toniolli -hijo de una de las víctimas golpeó el blíndex y la abogada Ana Claudia Oberlin, apoyada por la fiscal Mabel Colalongo, le pidieron que le llame la atención al Tribunal integrado por Otmar Paulucci, Beatriz Caballero de Barabani y Jorge Venegas Echagüe. Ayer, Pagano estuvo casi todo el tiempo mirando para abajo. Por la tarde pidio salir de la sala de audiencias y siguio la lectura del requerimiento desde una sala lindera junto a Guerieri, como el mejor de sus alumnos.

Durante la misma pudo escucharse de varios de sus camaradas de armas, una descripción clara de Pagano: "Era una hombre que a diario hacía gimnasia, practicaba artes marciales, recibía a diario llamados de su esposa en la Quinta de Funes, y repetía que había dejado de trabajar con la Patota de Agutín Feced, porque 'el comandante era un inmoral'". Los mismos voceros acotaban que "Pagano te mataba sin dudarlo".

"Es muy fuerte tenerlos tan cerca", confesó Alicia Lesgart, integrante de Familiares de Detenidos y Desaparecidos, luchadora por los derechos humanos desde que la dictadura militar estaba en plena vigencia.

Nazábal, querellante de la causa Guerrieri, también rompió en llanto cuando escuchó las circunstancias del secuestro de su esposo. Las mismas que ella reconstruyó ante el Tribunal en la incansable batalla jurídica que libró desde el comienzo de la democracia junto a Alicia Gutiérrez, compañera de Eduardo Toniolli, otro de los cautivos en la Quinta de Funes. Cecilia estaba acompañada por su hijo, Fernando, el mismo que era un bebé cuando se llevaron al padre en plena vía pública, el 8 de agosto de 1977. Los testigos sólo podrán asistir a estas primeras audiencias, ya que no pueden escuchar otros testimonios hasta dar el propio.

Toniolli y Dussex, así como Raquel Negro, son algunos de los asesinados tras el fracaso de la Operación México, en 1978, cuando uno de los cautivos de la Quinta, Tulio Valenzuela, denunció lo que ocurría en la Argentina después de haber viajado fingiendo colaborar con los militares para capturar a los máximos dirigentes montoneros. Tras el episodio -relatado en el libro Recuerdos de la Muerte, de Miguel Bonasso-, los cautivos en ese centro clandestino de detención fueron asesinados y arrojados a la Bahía de Samborombom. Además, Edgardo Aquiles Juvenal Pozzi rescindió el contrato de alquiler que había firmado en 1977 con la familia Fedele.

La jornada solo se vio empañada por un hecho que merecerá una profunda relectura de parte del tribuanl: la decisión del responsable de la seguridad del recinto -se supone que la propia Gendarmería- de no permitir el reingreso de un joven veinteañero que lució después del primer receso entre las 15 y las 18, una remera color negra con el dibujo de un pañuelo blanco con la leyenda "Madres".

La lectura de la requisitoria de elevación a juicio fue compartida por dos secretarios. Además de Facciano, leyó Gonzalo López Quintana, del Juzgado Federal número 4. En la requisitoria de los querellantes Cecilia Nazábal y Fernando Dussex, el equipo jurídico de Hijos brindó amplia jurisprudencia sobre los delitos de genocidio, según el fallo de la causa contra Etchecolatz, así como de responsabilidad mediata y de desaparición forzada de personas, entre otras figuras delictivas por las que piden la máxima condena para los cinco acusados.

En tanto, el pedido de elevación del fiscal Ricardo Vázquez detalló las circunstancias del secuestro de todas las víctimas por cuyas privaciones ilegítimas de la libertad están acusados los tres oficiales y dos agentes de inteligencia. Además, el fiscal detalló la línea de mandos: Guerrieri evaluaba a Fariña, quien evaluaba a Amelong. Fariña era apodado Sebastián y fue el responsable del centro clandestino La Quinta de Funes.

La requisitoria de la querella indicó también que los acusados compartían responsabilidades en otros tres centros clandestinos: Fábrica Militar, Escuela Magnasco y La Intermedia (propiedad de Amelong), ubicada en la autopista Rosario-Santa Fe, a la altura de La Ribera.

En la segunda jornada, había menos público en la pequeña sala que sólo cuenta con 18 lugares.